Para Claudia:
Yo pensaba que a estas alturas de la vida las decisiones importantes habían quedado atrás. Los hijos crecieron, los proyectos se cumplieron o fracasaron, los sueños fueron sustituidos por recuerdos y uno empieza lentamente a reconciliarse con su propia historia. Entonces ocurrió algo inesperado. Claudia obtuvo la nacionalidad española y apareció una pregunta: si podemos vivir en España, ¿por qué seguir viviendo en México?
La pregunta no es sencilla y la decisión menos. México es nuestra tierra. Aquí nacimos. Aquí formamos una familia. Aquí están nuestros amigos, nuestros afectos, nuestros recuerdos y nuestros muertos. Uno no abandona fácilmente el lugar donde ha vivido toda una vida. La patria es mucho más que una bandera o una frase pronunciada en un discurso. La patria son los rostros que amamos, las calles que recorremos, los lugares donde fuimos felices y también aquellos donde sufrimos. La patria es memoria. Y la memoria pesa.
Sin embargo, llega un momento en que uno deja de engañarse. He vivido lo suficiente para recordar un país imperfecto, profundamente imperfecto, pero distinto al que tenemos hoy. Había corrupción, abusos, impunidad y desigualdades enormes, pero existía una sensación elemental de orden. El ciudadano podía creer que el Estado gobernaba el territorio nacional. Hoy esa certeza se desvanece. Hay carreteras que se recorren con miedo y poblaciones donde la autoridad verdadera no se encuentra en los palacios municipales sino en quienes controlan las armas, el dinero y el miedo. Hemos terminado por acostumbrarnos a la violencia. A las fosas clandestinas, a los desaparecidos, a las extorsiones y a las masacres. Una sociedad que se acostumbra a la barbarie termina perdiendo la capacidad de indignarse y cuando eso sucede comienza a pudrirse.
Mientras tanto, quienes gobiernan parecen vivir en otra realidad. Sus discursos describen un país que simplemente no existe. Hospitales sin medicamentos, infraestructura deteriorada, instituciones debilitadas, servicios públicos deficientes y una inseguridad que no deja de avanzar. Los problemas pueden resolverse; lo verdaderamente grave es que la clase gobernante es incapaz de reconocer que existen.
Por eso la nacionalidad española de Claudia terminó significando mucho más que un pasaporte. Significó la posibilidad de elegir. España tiene problemas, como los tiene cualquier país. Tiene crisis políticas, burocracia, desempleo y tensiones territoriales, incluso separatistas. Pero pertenece a ese mundo donde las instituciones funcionan razonablemente, donde las carreteras pertenecen al Estado, donde la ley conserva autoridad y donde la violencia no forma parte de la vida cotidiana. Esa diferencia es abismal.
A cierta edad uno ya no busca cambiar el mundo. Lo que busca es algo mucho más simple y mucho más valioso: tranquilidad. Poder caminar sin miedo. Viajar sin sobresaltos. Sentarse en una plaza, tomar un café. Compartir una comida con la mujer que ha acompañado tu vida y disfrutar el tiempo que queda sin sentir que el país se desmorona alrededor.
Todavía no sabemos qué decisión tomaremos. Quizá nos quedemos. Quizá nos vayamos. Lo único cierto es que la posibilidad de elegir me obligó a mirar a México con una honestidad que durante años había evitado. Porque cuando uno es joven siempre cree que queda tiempo para que las cosas mejoren. A cierta edad se descubre algo distinto: que el país puede esperar, pero la vida no.
Por Carlos Román.

