Faltan tres días para que inicie el Mundial y México vuelve a exhibir una de sus peores virtudes: la extraordinaria capacidad para desperdiciar oportunidades. Durante años se anunció que la Copa del Mundo sería una vitrina internacional para mostrar al país moderno, eficiente y competitivo que supuestamente estamos construyendo. Había tiempo de sobra para mejorar aeropuertos, vialidades, transporte público, imagen urbana y seguridad. Había tiempo para hacer las cosas bien. Pero en México eso casi nunca ocurre.
La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey tuvieron años para prepararse. Sin embargo, las obras continúan, los problemas de movilidad persisten y la sensación general sigue siendo la de un proyecto inconcluso. En la capital, las lluvias vuelven a exhibir las limitaciones de una infraestructura incapaz de responder a fenómenos perfectamente previsibles. El aeropuerto sigue siendo símbolo de saturación, retrasos y desorden. Las protestas de la CNTE han bloqueado vialidades fundamentales, han provocado enfrentamientos y amenazan con extender la parálisis justamente cuando el país debería estar ofreciendo al mundo una imagen de organización y eficiencia.
Todo esto era perfectamente previsible. Se conocía la fecha, se conocían las sedes y se conocían las necesidades. Aun así, llegamos al evento deportivo más importante del planeta con la sensación de que todo se está resolviendo a última hora. Y en medio de este escenario aparece la selección nacional, que refleja exactamente la misma cultura de mediocridad que domina buena parte de la vida pública mexicana. Mucha publicidad. Mucha propaganda. Pocos resultados.
Durante años convertimos el fracaso en una narrativa aceptable y la derrota en una forma de patriotismo. El futbol mexicano dejó hace mucho de ser un proyecto deportivo para convertirse en un negocio extraordinario. Mientras se vendan camisetas, se llenen estadios y se mantengan los contratos publicitarios, el marcador pasa a segundo plano. Lo mismo parece ocurrir con la organización del Mundial. Lo importante es la ceremonia, la fotografía, el discurso oficial y las cifras optimistas. Los problemas reales quedan para después.
Quizá por eso la selección y las autoridades terminan pareciéndose tanto. Ambas prometen más de lo que entregan. Ambas confían en que la emoción colectiva termine ocultando las carencias. Los viejos ratones verdes no eran solamente un equipo de futbol. Eran una forma de enfrentar la realidad: jugar a no perder, conformarse con competir y convertir cualquier derrota decorosa en motivo de celebración. A veces da la impresión de que esa mentalidad abandonó la cancha para instalarse en buena parte de la vida pública nacional.
El Mundial todavía no comienza. Sin embargo, algunas cosas ya pueden verse con claridad. La improvisación de las autoridades, las obras inconclusas, el caos urbano, la incapacidad de previsión y la costumbre de sustituir resultados por propaganda forman parte de una realidad imposible de ocultar. El resultado deportivo todavía no existe. El resultado organizativo ya está a la vista. En México casi siempre se juega dos veces: una en la cancha y otra en el discurso. Y con frecuencia el discurso termina siendo más importante que el resultado.
Espero tragarme mis palabras. Pero, mientras tanto:
Ratones verdes, otra vez. Y esta vez, no solamente en la cancha.
Por Carlos Román.

