En la Siria posterior a Assad, la vida cotidiana se ha vuelto una lucha diaria para la mayoría de la población. A casi dos años de la caída del régimen en diciembre de 2024, el país intenta dejar atrás medio siglo de tiranía y 14 años de guerra civil, pero la transición política bajo el presidente Ahmed al-Shara no ha traído el alivio económico prometido. Por el contrario, las condiciones de vida han empeorado para muchos, con costos en aumento y un boom económico que nunca llegó.
Una transición política con logros simbólicos
El gobierno de al-Shara ha conseguido algunos avances significativos. Después de décadas de aislamiento, Siria ha obtenido el apoyo de potencias regionales y globales, incluido Estados Unidos, y ha logrado la eliminación de la mayoría de las sanciones económicas internacionales. También ha evitado la fragmentación del país y ha trabajado en la reintegración del noreste, anteriormente semiautónomo, tras derrotar a las fuerzas lideradas por kurdos a principios de este año. Además, ha logrado contener en gran medida los ataques de venganza y las matanzas sectarias, aunque partidarios del gobierno perpetraron dos masacres contra minorías alauitas y drusas el año pasado.
Sin embargo, estos logros simbólicos no se han traducido en mejoras materiales para la población. La economía sigue siendo el mayor desafío, y las políticas de austeridad implementadas han agravado la crisis.
La crisis económica: cifras alarmantes
La guerra civil desplazó a más de la mitad de la población y provocó una contracción económica superior al 50%. El Banco Mundial estima que los daños físicos superan los 108,000 millones de dólares, concentrados en ciudades clave como Alepo, Damasco y Homs. Dos tercios de los sirios viven en pobreza, con ingresos inferiores a 3.65 dólares diarios, según el Banco Mundial, mientras que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) señala que el 90% de la población es pobre y el 66% vive en pobreza extrema.
El costo de vida supera con creces los ingresos promedio. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) calcula que una familia siria de cinco miembros necesita alrededor de 197 dólares mensuales para cubrir alimentos y servicios básicos, mientras que el Centro Sirio de Investigaciones Políticas, con sede en Damasco, sitúa la línea de pobreza extrema en unos 255 dólares. El salario mínimo oficial equivale a solo 95 dólares mensuales, lo que obliga a muchos a depender de remesas del extranjero.
La inflación ha sido implacable: el costo de los productos esenciales aumentó un 34% entre julio de 2025 y 2026, y la moneda se ha debilitado hasta acercarse a los mínimos de la era Assad. Más del 80% de los sirios carece de acceso confiable a alimentos suficientes. Aunque una evaluación conjunta del gobierno y el PMA mostró una ligera mejora entre 2024 y 2025, la proporción de sirios con seguridad alimentaria solo pasó del 11.1% al 18.4%.
La vivienda también se ha vuelto inasequible: los alquileres aumentaron casi un 66% entre mayo de 2025 y mayo de 2026, obligando a muchos a regresar a hogares destruidos por la guerra. Incluso la clase media y media-alta enfrenta rentas que se han duplicado o triplicado, además de matrículas escolares en aumento.
Políticas de austeridad: un golpe para los más vulnerables
El gobierno de al-Shara ha implementado un programa de terapia de choque con liberalización económica, sin considerar plenamente la vulnerabilidad de la población. Medidas como el aumento del precio del pan subsidiado en casi 1,400% y el incremento de las tarifas eléctricas hasta en 800% han trasladado costos a los consumidores. Los precios de los combustibles se alinearon con los promedios globales, y el 13 de septiembre el gobierno volvió a subir los precios, con un aumento del 40% en el diésel, lo que desató protestas masivas en todo el país, las más grandes desde la caída de Assad.
Aunque el gobierno ha intentado compensar la inflación con aumentos salariales en el sector público, como un incremento del 50% en marzo, estos beneficios se ven erosionados por la inflación continua y no se distribuyen equitativamente. Además, se despidió a cientos de miles de empleados de la era Assad y se abrió el país a importaciones, lo que ha afectado a los productores locales.
Desafíos fiscales y falta de apoyo internacional
El gobierno heredó un estado en quiebra y enfrenta serias limitaciones fiscales. Aunque ha proyectado ingresos por aranceles y impuestos al consumo, y busca posicionar a Siria como un centro comercial regional, la restauración de la producción de petróleo y gas en el noreste requerirá inversiones sustanciales. La ayuda internacional ha sido insuficiente: Estados Unidos ha facilitado la reconexión financiera pero no ha comprometido grandes fondos, y los estados del Golfo, como Arabia Saudita y Catar, han enviado asistencia limitada. El Banco Mundial ha otorgado subvenciones, pero la decisión de evitar préstamos internacionales ha cortado el acceso a liquidez adicional.
La ayuda humanitaria también ha disminuido; recortes en la financiación de donantes, especialmente de Estados Unidos, obligaron al PMA a terminar su programa de pan subsidiado y reducir a la mitad la asistencia alimentaria general. Al-Shara ha apostado por la inversión privada, pero muchos memorandos de entendimiento no se han concretado debido a la inseguridad, la falta de marcos legales y un sistema financiero disfuncional. Las inversiones anunciadas se inclinan hacia megaproyectos inmobiliarios desconectados de las necesidades reales.
Falta de experiencia y datos poco confiables
El gobierno carece de experiencia económica. Al-Shara depende de un puñado de veteranos de Hayat Tahrir al-Sham como asesores clave, cuya experiencia se limita a gobernar un pequeño enclave rebelde entre 2017 y 2024. Se ha concentrado el poder en entidades opacas vinculadas a la presidencia, incluido un fondo soberano para gestionar activos estatales. Los anuncios de políticas, como el aumento de precios de los combustibles, son abruptos y sin consulta externa. Además, el gobierno ha presentado cifras dudosas: al-Shara afirmó que la economía creció entre 30% y 35% el año pasado, mientras que el Centro Sirio de Estudios Políticos estimó un crecimiento real de solo 0.3% en 2025.
Consecuencias sociales y riesgo de inestabilidad
El descontento popular va en aumento. Según encuestas de la revista Syria in Transition, el 52% de los sirios desaprobaba el desempeño del gobierno en junio, frente al 44% en abril. Una mayoría reportó dificultades para cubrir gastos mensuales, y el 66% en abril consideró que el gobierno no hacía lo suficiente para frenar los precios altos. Entre abril y junio, el pesimismo sobre la trayectoria del país saltó del 30% al 46%.
Aunque es improbable que el descontento derive en lucha armada, sí se observan protestas y huelgas para exigir alivio económico y mejores servicios. La crisis económica exacerba tensiones políticas y sectarias. La reintegración del noreste kurdo, con la eliminación de subsidios en esa región, ha disparado los costos de combustible y esenciales. En la costa mediterránea, la comunidad alauita enfrenta presiones económicas y despidos masivos en el sector público, además de temores por su seguridad.
Perspectivas y recomendaciones
La recuperación de Siria requiere un enfoque que priorice la asequibilidad y la estabilidad social. El gobierno debe desarrollar nuevos subsidios para pan, electricidad, transporte, agricultura y producción industrial mientras sale del colapso. Sus socios internacionales deben proporcionar recursos para un alivio significativo y una red de seguridad social. Invertir solo en energía y bienes raíces no bastará. Es crucial abrir canales de comunicación con el público, consultar con empresas sirias y empoderar al parlamento para una supervisión efectiva.
Los sirios se sintieron aliviados con la partida de Assad, pero su paciencia tiene límites. El gobierno de al-Shara debe mejorar las condiciones materiales de inmediato o arriesgarse a perder la confianza del pueblo, lo que podría descarrilar la transición. Una Siria pobre y violenta no beneficia a nadie; después de años de miseria, el país merece una oportunidad de recuperarse.

