Antes, cuando uno salía de su casa, ocurría algo que hoy sería escandaloso: podía pasar horas sin que los demás supieran dónde estaba. Había que esperar a que regresara para hablar con él. La humanidad sobrevivió a semejante precariedad. Ahora llevamos un teléfono que permite encontrarnos a cualquier hora y casi en cualquier lugar. Si alguien lee el mensaje y no responde, es un agravio; si apaga el aparato, despierta sospechas. La posibilidad de comunicarnos se convirtió, sin mayor discusión, en el deber de estar siempre disponibles.
Un mensaje llega cuando el remitente quiere; la respuesta parece exigible en ese mismo instante. Poco importa si el destinatario está comiendo, trabajando, durmiendo o simplemente no tiene ganas de conversar. «Te vi conectado» funciona como prueba de cargo. «Ya lo leíste» contiene una acusación completa. Hemos inventado una vigilancia a la que le basta una palomita azul. Hasta el silencio debe justificarse. Antes se preguntaba si era buen momento para hablar; ahora se manda un signo de interrogación para reclamar que el otro todavía tenga algo mejor que hacer.
En el trabajo, el asunto adquiere mayor seriedad. Hay quien envía instrucciones de noche con la aclaración de que pueden atenderse mañana, y hay quien considera la madrugada una prolongación natural de la oficina. Todo parece urgente cuando la interrupción la paga otro. El teléfono permite que un pendiente atraviese la puerta de la casa, se siente a cenar y nos acompañe hasta la almohada. Desde luego, existen profesiones y situaciones que requieren disponibilidad. Lo que cuesta aceptar es que cualquier ocurrencia alcance rango de emergencia.
Tampoco podemos declararnos víctimas inocentes. Pedimos respeto para nuestro descanso y reenviamos videos a deshoras. Nos molesta que alguien mire la pantalla mientras hablamos, pero revisamos la nuestra apenas vibra. En una mesa pueden reunirse seis personas y sostenerse cinco conversaciones con ausentes. Quien está enfrente recibe las sobras de atención entre una notificación y otra. Después nos preguntamos por qué cuesta tanto conversar. Quizá porque hemos desarrollado una cortesía extraordinaria con quien llama y bastante menos con quien vino.
Sería absurdo negar lo que hemos ganado. Podemos acompañar a alguien a distancia, resolver problemas sin desplazarnos y pedir ayuda cuando hace falta. Yo mismo disfruto esas facilidades. Precisamente por eso conviene aprender a usarlas sin entregarles cada minuto. Poder contactar a una persona no concede derechos sobre su tiempo. Una respuesta tardía puede significar que está ocupada, descansando o atendiendo a alguien; incluso puede significar que prefiere responder después. Ninguna de esas posibilidades debería exigir una defensa. La confianza también consiste en tolerar que el otro tenga una vida cuando no estamos mirando.
Podemos empezar por aceptar que alguien tarde en contestarnos sin pedirle justificación. Después vendrá lo más difícil: concedernos el mismo permiso. Dejar el teléfono durante una comida, escuchar una canción completa, caminar sin revisar qué ocurrió en otra parte. Habrá mensajes que esperen y asuntos que se resuelvan sin nosotros, aunque resulte doloroso para nuestra importancia. Estar localizable no tendría que significar estar de guardia. El teléfono es nuestro. Lo preocupante es que también pueda decir lo mismo de nosotros.
Por Carlos Román.

