Andy perdió la visa estadounidense y, con ella, también el sentido de la proporción. En plena rabieta, escribió una carta de tres cuartillas a Donald Trump para insultar a su gobierno, descalificar a su país y despreciar a la sociedad estadounidense. Por si fuera poco, acusó a dos de los principales funcionarios del trumpismo de actuar como “jefes de pandilla”.

Se necesita una dosis considerable de arrogancia y estupidez para pensar que el apellido sustituye al cargo y la fama a la inteligencia. Andy no es presidente, canciller, embajador ni representante del Estado mexicano. Fue secretario de Organización de Morena. Sin embargo, escribe como mirrey agraviado, convencido de que perder su visa constituye una ofensa contra México.

Acusa al secretario de Estado, Marco Rubio, y a su segundo, Christopher Landau, de espiar, acosar y perseguir gobiernos; los relaciona con vendedores de armas, dictaduras y empresarios corruptos. Finalmente, le sugiere al presidente Trump que los despida.

Landau respondió con un mensaje mucho más breve: unas palomitas. Andy esperaba provocar una crisis diplomática y recibió la reacción reservada para una tarde de cine. El subsecretario simplemente se acomodó para disfrutar del espectáculo.

Para rematar, le aconseja a Trump iniciar una nueva etapa rodeado de profesionales leales y le recuerda que rectificar es de sabios. Todo ello acompañado de una frase involuntariamente cómica: “Ojalá no lo tome como un desafío”.

La contradicción más grotesca aparece cuando asegura que no le causa ningún problema dejar de visitar Estados Unidos, país que describe sumido en el odio, el racismo, la drogadicción, la desintegración familiar y la tristeza. Si tan despreciable le parece, podría agradecer que le hayan evitado el sufrimiento de cruzar la frontera.

La cancelación de una visa no demuestra la comisión de un delito. Estados Unidos no ha presentado públicamente cargos ni pruebas contra López Beltrán y sería irresponsable atribuirle conductas criminales. Pero una visa tampoco es un derecho humano ni una prerrogativa hereditaria. Es una autorización discrecional concedida por un país extranjero. Miles de mexicanos la han perdido sin que la Presidencia intervenga en su defensa.

El problema dejó de ser personal cuando Claudia Sheinbaum salió en defensa del hijo del expresidente y atribuyó una motivación política a la cancelación. Aunque descartó una ruptura diplomática, convirtió su berrinche en asunto de Estado. Andy lanza los insultos y ella coloca detrás la investidura presidencial. El mirrey hace la rabieta; la República corre con los gastos.

Y eligió el peor momento. Mientras Pete Hegseth anuncia desde Panamá que Estados Unidos empleará contra los cárteles los métodos utilizados para perseguir a ISIS y Al Qaeda, el hijo del expresidente decide provocar a Trump, Rubio y Landau. Washington militariza su guerra contra el narcotráfico y Andy llama pandilleros a quienes conducen la política exterior y de seguridad de nuestro principal socio comercial.

No se trata de arrodillarse ante Estados Unidos ni de aceptar amenazas contra nuestra soberanía. Se trata de entender que la relación bilateral no puede quedar en manos de un junior irritado porque perdió su visa. México enfrenta problemas demasiado graves —comercio, migración, seguridad y posibles operaciones militares— para permitir que un personaje tan limitado, con ínfulas de estadista, incendie la pradera desde Instagram.

La soberanía exige firmeza, pero también inteligencia. No consiste en insultar al vecino poderoso ni en transformar una molestia personal en conflicto diplomático, mucho menos cuando quien levanta la voz no representa a los mexicanos.

Andy escribió como si gobernara y Trump tuviera la obligación de rendirle cuentas. Tal vez nadie le ha explicado que México no es una monarquía. El mirrey perdió la visa; esperemos que México no termine pagando el precio de su insolencia.

Por Carlos Román.

Por Editor

Deja un comentario