Para Don Joel Escalante.
Chicxulub es el nombre de un pequeño pueblo en la península de Yucatán, cercano al sitio donde cayó el meteorito que acabó con los dinosaurios hace millones de años. Los científicos sostienen que aquel impacto alteró violentamente el clima del planeta, levantó enormes cantidades de polvo y bloqueó la luz solar durante años destruyendo las condiciones que permitían la vida de especies enteras. La extinción no ocurrió de inmediato. Primero vino el golpe brutal; después el lento deterioro del ecosistema hasta volver imposible la supervivencia de aquello que había dominado la Tierra hasta entonces.
Hoy, se desarrolla otro proceso de destrucción, no astronómico, sino institucional. Es absurdo equiparar fenómenos cósmicos con la realidad política. Pero también resulta difícil ignorar ciertas semejanzas inquietantes: primero el impacto; después la descalificación sistemática de estructuras completas del Estado; luego la destrucción gradual de las condiciones necesarias para su funcionamiento; y finalmente la sustitución de generaciones enteras formadas bajo reglas que el nuevo régimen considera incómodas o incluso enemigas.
Tengo un buen amigo que durante años fue juez federal. Nacido en Yucatán, lleva con orgullo todas las características del estereotipo yucateco: educado, simpático, conversador, casi siempre mal hablado y dueño de ese peculiar humor y acento peninsular que mezcla ironía, cortesía y buen humor. Pertenece a esa vieja formación jurídica que todavía concebía el derecho como una disciplina intelectual rigurosa y no solamente como herramienta del poder. Habla de leyes con la misma naturalidad con la que describe la belleza de su tierra o prepara platillos de esa extraordinaria región gastronómica. Hace unos días, hablando sobre el fenómeno de los jueces del acordeón, soltó una frase que sólo un yucateco puede decir con absoluto desparpajo: “si ya estiró la mano, podemos jalarle las patas”.
Detrás de la broma había cierta resignación. Se formó en una cultura judicial donde todavía se creía que el derecho era la única forma legítima de acceder a la justicia y donde la técnica jurídica representaba una forma de dignidad profesional. Pero el impacto —es decir, la reforma judicial— prácticamente lo dejó en una condición de retiro prematuro. Pertenece a una generación que nunca imaginó que el propio Estado terminaría expulsando a quienes dedicaron la vida a sostenerlo.
Y quizá lo más revelador sea que el propio gobierno parece haber comenzado a descubrir las consecuencias del impacto. Hace apenas unos días se presentó una nueva iniciativa para modificar la elección judicial: moverla de 2027 a 2028, reducir candidaturas, reorganizar procesos y corregir parte del caos provocado por el modelo original. En los hechos, los arquitectos de la reforma empiezan a admitir que el experimento produjo más daños de los previstos.
México vive una época extraña donde la preparación parece estorbar y donde el conocimiento especializado comienza a considerarse casi una deformación elitista. El país empieza a expulsar a quienes todavía creen en los oficios institucionales, en las carreras construidas durante décadas y en la idea de que las instituciones deben sobrevivir a los gobiernos.
Mi amigo, el Yuca, se formó bajo la idea de que impartir justicia exigía estudiar cuidadosamente un expediente, razonar jurídicamente una resolución y entender que el derecho no podía depender de la buena o mala digestión del gobernante en turno.
Transformar no debería significar destruir. Gobernar exige fortalecer instituciones, no convertirlas en ruinas para después reemplazarlas por estructuras subordinadas al poder político dominante.
Dos veces, en nuestro territorio, la palabra extinción ha quedado ligada a nuestra historia. Y lo verdaderamente grave de toda extinción no es solamente aquello que desaparece, sino lo que ocupa su lugar después del desastre. Porque cuando un ecosistema colapsa no necesariamente surge algo mejor. A veces sobreviven sólo las especies más adaptadas a la obediencia, al oportunismo y a la ausencia de contrapesos. Tal vez esa sea la gran pregunta del México actual: si después del impacto todavía quedará algo parecido a una verdadera vida institucional o si, como ocurrió en Chicxulub hace millones de años, apenas estaremos entrando en una larga oscuridad.
Toda extinción termina dejando un ecosistema distinto. Después de todo, los meteoritos no siempre vienen del espacio.
Por Carlos Román.

