Con los años uno deja de creerse muchas cosas. No todas, pero sí las suficientes para entender que la vida no responde a una lógica clara. Durante mucho tiempo se piensa que hay una relación más o menos justa entre lo que uno hace y lo que le pasa, que el esfuerzo, las decisiones y el carácter definen el destino. Mucho de eso es cierto, pero no todo. Hay una parte de la vida que no se deja ordenar, que no responde a ninguna planeación y que simplemente sucede. A eso le llamamos suerte, buena o mala, pero suerte al fin. En el fondo es la evidencia de que no controlamos todo.
Un abogado exitoso decía que la suerte no existe, que cada quien se labra su futuro con trabajo y disciplina. La idea no es falsa, pero tampoco alcanza para explicar lo que a veces ocurre. Hay trayectorias firmes que, sin previo aviso, se derrumban. Carreras hechas a lo largo de décadas pueden verse afectadas por circunstancias que no estaban en ningún cálculo. El prestigio, que parecía sólido, puede resentirse en poco tiempo. Y entonces, por más empeño y voluntad, aparecen hechos que cambian el rumbo. No siempre se trata de falta de capacidad o de trabajo. A veces, simplemente, las cosas no salen como se habían previsto.
El problema no es que el azar exista, sino que uno tarda en tomarlo en serio. Se le trata como excepción, como accidente, como algo que les pasa a otros. Mientras tanto, se construye una idea de seguridad que parece estabilidad. No lo es.
Basta un momento, una coincidencia, una decisión que parecía irrelevante, para que todo cambie sin previo aviso. Hay cosas que no se entienden. Ocurren y ya. Eso incomoda porque deja al descubierto algo difícil de aceptar: que el orden que creemos ver es, en buena medida, una construcción. Sirve para vivir, pero no explica del todo lo que pasa.
Con el tiempo eso se vuelve evidente. Se acumulan episodios que no encajan, situaciones que no se explican, resultados que no corresponden. Entonces vemos que la vida no es un sistema coherente; es una sucesión de hechos donde conviven la intención y el accidente, la decisión y la consecuencia.
Los jóvenes se sienten inmortales. Piensan que solo basta con querer, insistir, empujar un poco más. Después se entiende que no. Hay límites que no se ven y que no se pueden mover. La voluntad, la inteligencia y la experiencia sirven, pero ninguna de las tres garantiza nada. Siempre hay algo que queda fuera.
Y, sin embargo, la vida no pierde valor por eso. Al contrario, se vuelve más concreta. Si nada está garantizado, entonces todo importa más. No porque vaya a durar, sino porque puede no hacerlo. Esa es la única certeza razonable: lo que existe, existe solo por ahora.
La suerte introduce cosas que nadie estaba buscando. Aparecen encuentros que cambian el rumbo, situaciones que abren caminos que no estaban previstos. No tienen explicación clara ni obedecen a ningún plan. Simplemente pasan y, cuando pasan, obligan a reacomodar todo.
Al final, el margen es corto. No controlamos tanto como creemos, pero sí algo: la forma en que respondemos. No podemos asegurar un resultado, pero sí la actitud ante la vida. Es poco, pero es lo único propio. Y en ese espacio reducido se juega todo, porque si en la vida el azar existe, entonces lo único que no puede dejarse al azar es cómo se vive.
Por Carlos Román

