Hay hechos que explican a un país sin necesidad de discursos, y el incendio en la refinería de Dos Bocas es uno de ellos: “lluvias atípicas”, un sistema rebasado, aguas aceitosas fuera de control y, en medio de todo, fuego. No hay que buscarle demasiado. El combustible estaba ahí; el agua lo movió, lo sacó de donde debía estar y, en algún punto, prendió. Fuego en la lluvia. Cinco muertos. Y después, como siempre, el silencio necesario para que todo siga igual.
A uno le viene inevitablemente a la cabeza Gabriel García Márquez. En Macondo llovían flores, aparecían muertos que caminaban y el tiempo se doblaba sin escándalo. Lo extraordinario convivía con la vida diaria sin provocar sobresalto. Pero aquello tenía sentido dentro de su propio mundo. Era literatura: una forma de decir que lo absurdo puede volverse cotidiano cuando nadie lo cuestiona. Lo de Dos Bocas ni siquiera alcanza esa categoría. Aquí no hay magia. Hay descuido y algo peor: la repetición del descuido y, sobre todo, corrupción. Mucha corrupción.
Si alguien hubiera escrito esta escena en una novela, dirían que es excesiva, que rompe la lógica del relato. Pero aquí no hay autor ni estilo; hay decisiones mal tomadas, previsiones inexistentes y errores que solo aparecen cuando ya es demasiado tarde. Lo extraordinario no es el fuego bajo la lluvia; lo extraordinario es que todavía nos sorprenda.
El realismo mágico no nació para adornar la realidad, sino para exhibirla. Convertía lo absurdo en cotidiano porque lo absurdo ya estaba ahí. Hoy ni siquiera hace falta ese recurso. La realidad se presenta sola, sin necesidad de explicación. Y lo más preocupante no es el incendio, sino lo que viene después. O, mejor dicho, lo que no viene.
En cualquier país con un mínimo de rigor, un evento así obligaría a revisar todo: operación, controles, responsabilidades. Aquí se dice lo mínimo y se voltea para otro lado. El episodio se acomoda rápido para no alterar nada. Todo se registra, pero nada se corrige. Esa es la verdadera normalidad.
Por eso aparece el sarcasmo, casi como reflejo. Porque hay algo profundamente absurdo en ver arder una refinería bajo un aguacero. Es una imagen que, en otro contexto, provocaría preguntas incómodas. Aquí se habla un rato y se olvida. No porque no sea grave, sino porque ya sabemos cómo termina.
El problema no es el incendio. El problema es que puede pasar así y no cambiar nada. Cuando eso ocurre, el siguiente episodio deja de ser una posibilidad y se vuelve una certeza. No es cuestión de si volverá a pasar, sino de cuándo. Y cuando pase, probablemente veremos lo mismo: explicaciones breves, responsabilidades diluidas y a lo que sigue.
Porque, al final, no es el incendio lo que debería inquietarnos, sino la facilidad con la que lo dejamos atrás. Ocurre, además, en una fecha cargada de simbolismo —el aniversario de la expropiación petrolera—, como si la historia misma quisiera recordarnos en qué hemos convertido aquello que alguna vez fue motivo de orgullo. Lo que arde no es solo el combustible. Es la idea misma de que algo tiene que corregirse. Y mientras eso no ocurra, no habrá sorpresa posible. Solo repetición.
Por Carlos Román.

