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Un par de estudios publicados el lunes en la revista Nature Astronomy han revelado comportamientos inesperados en estrellas enanas: una enana blanca y una enana roja parecen estar devorando los objetos que las orbitan. Los hallazgos, que podrían reescribir lo que sabemos sobre la evolución de los sistemas planetarios, sugieren que las estrellas no son simples espectadoras de sus vecinos cósmicos, sino participantes activos en su destino.

El festín de una enana blanca

El primer estudio, liderado por Jamie Williams, estudiante de doctorado en la Universidad de Warwick, en Inglaterra, se centró en una enana blanca que mostraba firmas químicas inusuales, incluyendo zinc, cobre y niobio. Además, el brillo de la estrella disminuía periódicamente, lo que sugería la presencia de un planeta en órbita. Los resultados, según Williams, indican que el planeta se formó después de que la estrella muriera y que su atmósfera ahora está alimentando a la enana blanca.

“El hallazgo sugiere que los sistemas planetarios pueden experimentar un renacimiento”, afirma Williams. Este fenómeno, nunca antes observado en nuestro sistema solar, plantea la posibilidad de que los planetas puedan formarse en etapas avanzadas de la vida de una estrella.

Una enana roja que devora lentamente

El segundo estudio, liderado por Aaron Householder, estudiante de posgrado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), describe una interacción nunca antes vista: una enana roja consumiendo lentamente a su compañera, una enana marrón. Normalmente, o bien la estrella y su compañera ignoran su presencia mutua, o la estrella devora rápidamente a su vecina. En este sistema, el material fluye de la enana marrón a la enana roja en un proceso que podría durar millones de años.

Householder califica el descubrimiento como “un accidente feliz” y se muestra ansioso por saber qué otras combinaciones existen. “Estamos emocionados por ver si podemos encontrar una estrella comiendo un planeta o incluso dos planetas comiéndose entre sí”, comenta.

Implicaciones para nuestro sistema solar

Ambos estudios tienen implicaciones para nuestro propio planeta. Según Williams, teóricamente podría formarse un planeta de segunda generación después de que nuestro sol muera. Por su parte, la investigación de Householder sugiere que, en lugar de hacer una comida rápida y ardiente de la Tierra, el sol podría algún día ir mordisqueando nuestra atmósfera.

Estos hallazgos subrayan la importancia de comprender las interacciones entre estrellas y planetas. “Los planetas no existen de forma aislada, sino que su evolución está directamente ligada a la estrella que orbitan”, señala Williams. “Para entender la vida de los planetas, debemos entender las interacciones estrella-planeta”.

Un nuevo campo de estudio

Los investigadores coinciden en que estos descubrimientos abren una nueva ventana al estudio de la evolución estelar y planetaria. La posibilidad de que existan sistemas donde los planetas se devoren entre sí o donde las estrellas consuman a sus compañeros de forma gradual amplía el panorama de lo que podemos esperar encontrar en el universo.

Con instrumentos cada vez más potentes, como el telescopio espacial James Webb, los astrónomos podrán observar más de cerca estos fenómenos y quizás descubrir otros aún más extraños. Por ahora, estos estudios nos recuerdan que el cosmos está lleno de sorpresas y que las estrellas, como los personajes de los cuentos, pueden tener apetitos insaciables.

Por Editor

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