Corrían los años de 1983-1984 y trabajaba entonces con Juan García de Quevedo, director del CEPES del PRI en Jalisco, un hombre de gran peso político, dueño de una cultura enciclopédica y con una rígida formación marxista que le permitía leer el poder con una claridad que a varios incomodaba. Su estilo no era complaciente. No toleraba errores y cuando ocurrían los sancionaba con un rigor casi estalinista.
Nuestra oficina se encontraba en una antigua casa cerca del Hotel Fiesta Americana de Guadalajara. Éramos pocos: Juan, dos secretarias y tres o cuatro jóvenes dedicados a escribir, a “arrastrar el lápiz”, en una revista política que, paradójicamente, tenía un tono crítico de izquierda frente al propio sistema priista, lo que para esos años era un pecado capital. Recuerdo a Andrés Mena, estudioso, con aire de revolucionario y barbas de Fidel Castro; a Toño López, nervioso, siempre alerta y desconfiado; a Gaudencio Ortiz, práctico como buen hombre de campo, y a Ramón Sanperio, espía del otro grupo político importante en el estado. Yo estaba ahí, sometido a una disciplina férrea que entonces parecía excesiva y que con el tiempo entendí como parte importante de mi formación.
Una tarde encontré a Andrés conversando con un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, con un aire extraño para ese entorno. Intercambiamos algunas palabras sobre política y seguí con lo mío. Después le pregunté a Andrés quién era. “Es agente de la CIA”, respondió con absoluta naturalidad. Me reí. Lo olvidé.
Pero el hombre volvió. Durante semanas apareció a la misma hora y siempre buscaba a Andrés. La repetición terminó por borrar la incredulidad. Un día me acerqué y le pregunté directamente a qué se dedicaba. Contestó con evasivas elegantes: que le interesaba la política mexicana y que veía en Andrés a un joven con talento.
Se lo comenté a Juan. Interrogó a Andrés, obtuvo prácticamente la misma respuesta y decidió verificar por su cuenta. Investigó y terminó convencido de que aquel hombre era, muy probablemente, un agente de la CIA.
La revelación cambió de pronto la dimensión de lo que hacíamos. Entendimos que aquel pequeño grupo instalado en una casa discreta de Guadalajara, produciendo ideas y análisis político, también era observado. Clasificado quizá como útil o interesante por una agencia de inteligencia extranjera.
Al poco tiempo el hombre desapareció. Así como llegó, se fue. Nosotros seguimos con lo nuestro mientras el país empezaba a cambiar. El sistema mostraba grietas cada vez más visibles y, al mismo tiempo, comenzaban a emerger los nombres que terminarían marcando una nueva etapa en la historia del país: Caro Quintero, Don Neto y toda aquella generación del narcotráfico que ya estaba en la mira de la DEA.
Han pasado más de cuarenta años y el tema vuelve a aparecer. Primero fue el accidente en Chihuahua donde murieron dos funcionarios estadounidenses vinculados, según distintas versiones periodísticas, a operaciones de inteligencia relacionadas con laboratorios clandestinos de metanfetamina. Después comenzaron a surgir en la prensa norteamericana versiones todavía más delicadas: presuntas operaciones clandestinas de la CIA dentro de México, participación en acciones contra integrantes de cárteles y actividades encubiertas que el gobierno mexicano negó de inmediato. La propia CIA salió excepcionalmente a desmentir algunas de esas publicaciones. Y quizá eso es lo más revelador.
La CIA operaba en México entonces y opera ahora. En aquellos años existía también la KGB soviética y el mundo entero sabía que las potencias se vigilaban mutuamente. La diferencia es que antes existía menos hipocresía y quizá más realismo político.
Por eso lo ocurrido en Chihuahua y las nuevas versiones sobre operaciones clandestinas no deberían sorprender a nadie. Las agencias de inteligencia existen para intervenir donde sus países consideran que tienen intereses estratégicos. Y México, desde hace décadas, ocupa un lugar central en esa ecuación.

