• septiembre 27, 2023

Volver al pasado

El pueblo de México tiene una memoria colectiva muy corta. En 15 o 20 años una gran cantidad de mexicanos han olvidado las lecciones que el pasado nos enseñó, lo que nos hizo olvidar también el alto costo que pagamos por décadas de crisis al amparo de un presidencialismo omnipotente, mesiánico y antidemocrático, que detuvo el crecimiento del país y cerró por muchos años la construcción de un estado de derecho, de un estado democrático que en verdad hiciera posible una mejor perspectiva de futuro para una población que transitaba a gran velocidad de lo rural a lo urbano, pero sin las bases lo suficientemente sólidas para lograr un desarrollo real en todos los ámbitos de nuestra vida.

No entiendo o mejor dicho no quiero entender porque la preferencia de la sociedad mexicana, y también latinoamericana, se inclina siempre por un régimen presidencialista basado en una enorme concentración de poder para un solo hombre. En realidad, esa lógica, esa fascinación por el líder carismático, mesiánico, redentor y salvador del mundo sea sólo buena para una parte de la clase política: la que está en la gracia de ese Hombre.

El problema es que, hasta donde mi memoria alcanza, ese terrible culto a la personalidad, esa sumisión plena y total a la voluntad del líder, esa castración de las ideas que lleva a la negación de cualquier tipo de critica u oposición que contradiga su realidad, la que debe ser impuesta, aunque tenga que derogarse la ley de la oferta y la demanda, si no se alinea al discurso y a la moda sexenal o se le considera como causa de la pobreza. Eso no es broma, ya sucedió y puede volver a pasar. La verdad es que cuando la realidad oficial que se quiere imponer no es igual a la realidad real, tarde o temprano aquella se convertirá  en una realidad en la que continúan presentes todos los males que afectan al país, y pese a las promesas para terminarlos, se manifestarán con mayor intensidad que antes. La inseguridad, la corrupción y la miseria, siguen ahí, no se han ido y difícilmente lo harán, pese a los discursos y la publicidad oficial.

Criticar o contradecir al poderoso produce una especie de afrenta que estigmatiza a quién se atreve a realizarla, o peor aún, puede tener consecuencias cuando se recurre al uso faccioso de las instituciones para controlar o resolver asuntos personales mediante la manipulación de la ley para perjudicar y no para remediar.

Cada día se hace mas difícil recordar que en la consciencia política de los mexicanos está el que las mayorías deciden y las minorías tratan con argumentos de rebatir las razones de las mayorías. Esto debería suceder en todos lados, desde la cámara de senadores, de diputados, los congresos de los estados, hasta en nuestras casas, en el trabajo o en el salón de clases, cuando hay dos o más de dos alternativas para escoger deberían escucharse a todas las partes, deberíamos ser lo suficientemente civilizados para respetar al que piensa diferente, al que viste diferente, al que actúa diferente. Por otro lado las noticias políticas hace tiempo que no estremecen, que no sacuden  ni siquiera entusiasman a la gente. Lo urgente es que todos opinemos, que participemos para tratar de volver a la construcción de un país democrático. Hace falta una revolución cultural radical que detenga en verdad la erosión y destrucción de nuestras instituciones, de nuestras libertades, de nuestra seguridad. Si no lo hacemos hoy será muy tarde y recuperar lo perdido llevará muchos años. Como diría el clásico, el que niega su pasado está condenado a repetirlo.

Por Carlos Román.

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