Etiopía, el Estado independiente más antiguo de África, vuelve a sumergirse en un conflicto armado de gran escala. El pasado 20 de septiembre, siete grupos armados que hace apenas cuatro años se enfrentaban entre sí sellaron una alianza denominada Fuerzas Populares Etíopes por la Supervivencia. Tres días después, las fuerzas de Tigray, uno de los firmantes más relevantes, tomaron los aeropuertos de Mekele, Aksum y Shire, en la región norte del país. El objetivo común es derrocar al primer ministro Abiy Ahmed y establecer un Gobierno provisional en Adís Abeba que reconfigura la balanza de poder.
Una coalición con objetivos divergentes
La alianza rebelde nace con una debilidad estructural: persigue un mismo objetivo con distintos medios, grados de presión y fines. La variedad de grupos étnicos que participan, sus intereses y los objetivos de cada milicia van más allá de derrocar a un Abiy Ahmed cada vez más centralista. Mientras unos buscan el poder en un Estado etíope federal y multiétnico, otros aspiran a la secesión, aunque sea a largo plazo. Esta diversidad de metas podría fracturar la coalición antes de que logre su propósito.
Entre los firmantes se encuentran el Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT), el Ejército de Liberación Oromo (OLA), el Frente de Liberación de Oromo (OLF), el Movimiento Nacional Amhara (MNA), el Frente de Liberación de Sidama, el Frente de Liberación de Afar y el Frente de Liberación de Benishangul-Gumuz. Cada uno tiene agravios históricos y demandas territoriales que dificultan una estrategia unificada.
Contexto histórico: de la guerra de Tigray al nuevo estallido
El conflicto actual no puede entenderse sin la guerra de Tigray (2020-2022), que dejó cientos de miles de muertos y desplazados. Aquella contienda enfrentó al gobierno federal de Abiy Ahmed con el FLPT, que gobernó Etiopía durante casi tres décadas. La paz firmada en Pretoria en noviembre de 2022 no resolvió las causas profundas: la concentración de poder en el ejecutivo, la marginación de grupos étnicos y la disputa por tierras y recursos.
Desde entonces, Abiy Ahmed ha profundizado su agenda centralista, disolviendo el partido gobernante de la coalición étnica y promoviendo una narrativa de unidad nacional que muchos grupos perciben como una amenaza a su autonomía. La reciente alianza rebelde es una respuesta directa a esa política.
Apoyos internacionales y riesgo de desestabilización
El nuevo estallido tiene tanto apoyos internacionales como el potencial de desestabilizar el Cuerno de África. Eritrea, país vecino que ya intervino en la guerra de Tigray, podría respaldar a algunos grupos rebeldes para debilitar a Abiy Ahmed. Egipto, en disputa con Etiopía por la presa del Renacimiento, también podría ver con buenos ojos un cambio de régimen. Por otro lado, Emiratos Árabes Unidos y Turquía han respaldado al gobierno etíope con drones y equipo militar.
La comunidad internacional, incluida la Unión Africana y Naciones Unidas, observa con preocupación. Un conflicto prolongado podría generar una crisis humanitaria de gran magnitud y desestabilizar a países vecinos como Sudán, Somalia y Kenia.
Las raíces profundas del conflicto
Etiopía es un mosaico de más de 80 grupos étnicos. Su historia ha estado marcada por una coexistencia forzosa y un afán expansionista interno. El Estado moderno, centralizado bajo el emperador Menelik II a finales del siglo XIX, incorporó por la fuerza territorios del sur y este, generando agravios que persisten. La federación étnica instaurada en 1995 buscó reconocer esa diversidad, pero también institucionalizó divisiones.
Hoy, el país enfrenta una encrucijada: avanzar hacia un verdadero federalismo que garantice autonomía y representación, o desintegrarse en conflictos secesionistas. La nueva alianza rebelde es un síntoma de esa crisis no resuelta.
Implicaciones para la región y el mundo
La estabilidad del Cuerno de África es estratégica por su ubicación en el mar Rojo, ruta clave del comercio internacional. Una guerra civil prolongada en Etiopía podría afectar el tráfico marítimo, aumentar la migración y crear un vacío de poder que grupos yihadistas como Al-Shabaab podrían aprovechar.
Además, Etiopía es un actor central en la política africana, sede de la Unión Africana. Su desestabilización tendría un efecto dominó en todo el continente.
Perspectivas
La alianza rebelde enfrenta enormes desafíos: coordinar fuerzas dispersas, mantener el apoyo popular y evitar divisiones internas. El gobierno de Abiy Ahmed, por su parte, cuenta con un ejército numeroso y respaldo de aliados externos. Pero la historia reciente muestra que las guerras en Etiopía son largas y devastadoras.
La comunidad internacional debe actuar con urgencia para prevenir una nueva tragedia humanitaria, promoviendo un diálogo inclusivo que aborde las causas estructurales del conflicto. De lo contrario, Etiopía podría fragmentarse, con consecuencias impredecibles para toda la región.

