La carrera por llevar centros de datos al espacio ha dejado de ser ciencia ficción. El 1 de octubre de 2026, Google lanzó cuatro de sus unidades de procesamiento tensorial (TPU) a la órbita terrestre a bordo de un satélite de Planet Labs, impulsado por un cohete Falcon 9 de SpaceX. Este hito marca el inicio de las pruebas del Proyecto Suncatcher, una iniciativa que busca ejecutar cargas de trabajo de inteligencia artificial directamente en el espacio, aprovechando la energía solar continua y evitando las limitaciones de la red eléctrica terrestre.
La noticia es relevante para México y América Latina porque anticipa una posible transformación en la infraestructura global de cómputo. Si la computación orbital se consolida, los países de la región podrían depender menos de costosos centros de datos locales y acceder a servicios de IA más eficientes, aunque también enfrentarían nuevos desafíos en materia de soberanía tecnológica y regulación espacial.
¿Por qué llevar centros de datos al espacio?
La motivación principal es energética. Los chips que ejecutan modelos de IA consumen enormes cantidades de electricidad, y las redes eléctricas actuales se verán severamente exigidas para satisfacer la demanda de los nuevos centros de datos que se construyen o planifican. Se estima que los centros de datos representarán casi la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica en Estados Unidos entre hoy y 2030. En el espacio, en cambio, hay energía solar abundante y continua: en la órbita correcta, los paneles solares pueden captar aproximadamente ocho veces más energía que en la Tierra, sin necesidad de baterías de gran tamaño. La salida de los modelos de IA se transmitiría a la Tierra mediante láser o radiofrecuencia.
La idea ganó impulso el año pasado cuando Jeff Bezos afirmó que los centros de datos “se construirán mejor en el espacio, porque tenemos energía solar allí, 24/7”. Elon Musk también adoptó la visión y la convirtió en una ambición central de SpaceX. Sin embargo, no todos están convencidos: críticos argumentan que la economía sigue siendo desalentadora y que algunas ventajas, como el enfriamiento más sencillo, se desmoronan bajo un análisis riguroso.
Pruebas en órbita: el Proyecto Suncatcher
Google anunció el Proyecto Suncatcher en noviembre de 2025 y ahora ha dado el primer paso con el lanzamiento de cuatro TPU Tensor de tercera generación. Estos chips orbitarán la Tierra a bordo de un satélite solar de Planet Labs y ejecutarán consultas breves de Gemini antes de apagarse para enfriarse. El objetivo final es operar cargas de trabajo de IA en grupos compactos de docenas de satélites enlazados por láseres de espacio libre.
Otras empresas también avanzan. Starcloud ya voló una GPU Nvidia H100 al espacio y planea ensamblar clústeres más grandes y constelaciones multi-satélite. Su CEO, Philip Johnston, sostiene que alojar servidores en el espacio evita demoras en la red eléctrica, elimina la necesidad de enfriamiento con agua y evita conflictos por derechos de suelo. SpaceX, por su parte, presentó una solicitud ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos para lanzar hasta un millón de satélites, y Blue Origin ha registrado una red de 51,600 satélites para centros de datos orbitales. Nvidia ha anunciado un módulo Vera Rubin de grado espacial.
Los desafíos técnicos y económicos
A pesar del entusiasmo, muchos expertos dudan de la viabilidad económica de los centros de datos espaciales. Enviar carga al espacio sigue siendo muy costoso y las capacidades de carga útil son limitadas. Además, el enfriamiento en el vacío es un problema mayor: sin aire ni agua, solo la radiación puede disipar el calor, y los radiadores necesarios son grandes y disipan lentamente. En las pruebas de Google, los chips TPU Trillium solo ejecutarán consultas cortas antes de apagarse para evitar el sobrecalentamiento.
Un artículo de la Universidad de Saarland titulado “Dirty Bits in Low-Earth Orbit” sostiene que las emisiones de los lanzamientos y reentradas cancelarían cualquier ganancia de sacar los centros de datos de la Tierra. A esto se suma el riesgo de basura espacial: agregar decenas o cientos de miles de satélites aumenta la probabilidad de colisiones y podría desencadenar el síndrome de Kessler, una reacción en cadena de fragmentos. La Agencia Espacial Europea ya reporta órbitas bajas congestionadas, principalmente por satélites de comunicación.
Perspectivas para América Latina
Para México y Latinoamérica, la computación orbital plantea oportunidades y riesgos. Por un lado, podría democratizar el acceso a capacidad de cómputo avanzada sin necesidad de grandes inversiones en infraestructura terrestre. Por otro, la dependencia de empresas extranjeras y la falta de marcos regulatorios para actividades espaciales comerciales podrían limitar la participación de la región. Además, la sostenibilidad del espacio se vuelve una preocupación compartida: la basura orbital no conoce fronteras.
Mientras gigantes tecnológicos y startups apuestan por esta visión, la pregunta sigue siendo si los centros de datos en el espacio serán una realidad comercial o un experimento costoso. Lo que es seguro es que la carrera ha comenzado y sus resultados definirán el futuro de la infraestructura de IA a nivel global.
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