Hay pérdidas que dejan silencio. No el silencio ordinario de una casa cuando todos se han ido a dormir, sino aquel que se instala en los rincones donde antes había una cola, un maullido o una mirada de esas que los gatos administran como si fueran concesiones de la realeza. Rayitas y Ronie se fueron, la enfermedad se los llevó. Los malos desaparecieron, pues, aunque ahora resulte imposible llamarlos así sin sentir que uno comete una injusticia. Su pérdida dolió, y mucho. Porque los gatos pueden dividirse entre buenos y malos mientras viven, pero cuando mueren todos pasan automáticamente a la categoría de inolvidables.
Quedaron Leny, Bushi y Pig. Durante algún tiempo pareció que en la casa se había firmado un acuerdo de paz. Cada uno vivía en lo suyo, conservando sus pequeñas manías. Se toleraban con esa cortesía distante que practican los gatos cuando han comprendido que eliminar al adversario exige demasiado esfuerzo. Vivían tranquilos. Habían alcanzado algo parecido a la estabilidad.
Entonces llegó Gato.
Y sí, se llama Gato. Después de tantos nombres y apodos, me pareció razonable regresar a lo esencial. Tiene tres meses, una energía que no conoce límites y la absoluta certeza de que la casa, los muebles, las personas y los otros gatos fueron puestos ahí exclusivamente para entretenerlo. Llegó sin pedir permiso, como llegan casi todas las cosas importantes, y en unos cuantos días alteró el orden trabajosamente construido.
Gato juega, corre, salta, muerde y vuelve a morder. Si encuentra una cola, la persigue; si es la suya, mejor. Si descubre una pata, se abraza a ella; si alguno de los otros pretende dormir, considera que ha llegado el momento exacto para lanzarse sobre la cabeza o las orejas. No conoce jerarquías, fronteras ni privilegios previamente establecidos. Leny, Bushi y Pig lo observan con una mezcla de indignación y desconcierto, además de propinarle uno que otro zarpazo de advertencia.
Los mayores intentan disciplinarlo. Le gruñen, le enseñan los dientes y, de vez en cuando, le propinan una buena dosis de patadas de conejo. Gato se retira durante algunos segundos, medita profundamente sobre sus errores y vuelve a cometerlos. Posee esa forma de inteligencia propia de la infancia: comprende perfectamente la prohibición, pero no encuentra ninguna razón para obedecerla. Tampoco parece sentir miedo. Frente a él, los gatos adultos con experiencia y autoridad son juguetes grandes que caminan, protestan y proporcionan emociones superiores a las de cualquier pelota.
La casa ha recuperado así el ruido. Se escuchan carreras por los pasillos, objetos que caen sin explicación y maullidos de protesta emitidos por quienes hasta hace poco disfrutaban de una jubilación apacible. Los buenos ya no descansan igual, pero tampoco permanecen indiferentes. Lo vigilan, lo corrigen y, cuando creen que nadie los observa, permiten que se acerque un poco más. Gato, por su parte, no les ha pedido que lo acepten. Simplemente se ha instalado entre ellos con esa naturalidad con la que los gatos convierten la invasión en un derecho adquirido.
Gato no sustituye a Rayitas ni a Ronie. Nadie sustituye a nadie. Vino a recordarnos que la vida, aun después de la pérdida, continúa. Y a veces continúa corriendo por el pasillo, mordiendo todo y a todos y arrojándose sobre cuanto se mueve cerca de él.
Llegó hace unas semanas y ya se apoderó de todo: la casa, los sillones, las horas de sueño y una parte considerable de nuestros afectos. Es pequeño, insolente, desordenado y extraordinario haciendo aquello que los gatos han hecho siempre: obligarnos a quererlos sin aceptar jamás que nos necesitan.
Se llama Gato. Después de tantos nombres, no hacía falta inventar otro. Al final, gato es gato. Y con eso basta.
Por Carlos Román.

