El poder no se equivoca. Cuando la realidad lo contradice, el discurso la corrige. Y lo hace con una tranquilidad que ya ni siquiera busca convencer. Apuesta al olvido rápido de una sociedad de bajísimo nivel. Se dice una cosa, ocurre otra, y entre ambas se construye una explicación que intenta justificar la mentira. Con eso se evita asumir la responsabilidad de quienes hoy nos gobiernan.

Trump, con lo de Irán, es un buen ejemplo de esa lógica. Primero amenaza con voz de trueno. Una frase lo desnuda: “una civilización entera morirá esta noche”. Hablar de desaparecer una cultura milenaria como si fuera una decisión operativa dice más de quien lo afirma que del enemigo al que se dirige. Pero la realidad volvió a poner orden. Irán no desapareció, no se dobló, no cedió. Y entonces vino la tregua, presentada como cálculo, como parte del plan. Todo estaba previsto desde el inicio.

En México, el mecanismo es distinto en forma, pero idéntico en fondo. El tema de las desapariciones no admite simulación. No se niega del todo, sería insostenible. Se ajustan cifras, se redefinen categorías, se corrigen bases de datos. El problema, que no es nuevo, deja de ser humano para volverse estadístico. Se habla de registros, de metodologías, de depuración de información, como si en ese lenguaje pudiera diluirse lo evidente. No importa el dolor y la desolación que viven las madres buscadoras; solo se niega la cruda realidad. No hay crímenes de lesa humanidad. Todo es culpa del pasado.

El gobierno no puede hacerse la víctima de sus propios errores. No puede escudarse en su ineficiencia, que es mucha, porque entonces se convierte en espectador de sí mismo. Gobernar no es observar cómo otros explican lo que pasa; es hacerse responsable de lo que está ocurriendo.

Lo que une estos dos casos es la misma lógica: la misma facilidad para decir cualquier cosa, la misma necedad de sostener un relato aun cuando ya no resiste el menor contacto con los hechos. Primero se construye una narrativa fuerte, incluso exagerada. Luego aparece la realidad y, en lugar de ajustar el discurso, se ajusta la interpretación para que el discurso sobreviva. La mentira cada día alcanza menos.

Es un método perverso para ganar tiempo, resistir el desgaste y evitar el punto de quiebre. Mientras la versión aguante, el problema se contiene. Mientras haya explicación, aunque sea forzada, se evita la caída. Pero hay un límite. Hay cosas que no se pueden sostener indefinidamente. Una crisis que se maquilla termina por reventar por otro lado, o por muchos lados.

La realidad tiene esa mala costumbre de aparecer. De no moverse aunque el discurso cambie. Brota, una y otra vez, en los mismos lugares donde se le quiso ocultar, hasta terminar con la credibilidad de quien lo sostiene. No de golpe, no con estruendo, sino poco a poco: en la repetición, en la evidencia acumulada, en la sensación de que ya no hay coincidencia entre lo que se dice y lo que se vive.

Y cuando esa distancia se vuelve evidente, ya no hay forma de corregirla con palabras. Porque el problema deja de ser de comunicación y se convierte en algo más simple y más grave: sostener una versión que ya se sabe falsa. A partir de ahí, todo es desgaste. Insistir, repetir, endurecer el discurso… y ver cómo, poco a poco, deja de sostenerse.

Jalen la liga. A ver hasta cuándo revienta.

Por Carlos Román.

Por Editor

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