Viajar sirve para conocer otros países, pero también para descubrir, a veces dolorosamente, el propio. Después de recorrer Japón y Corea del Sur resulta inevitable pensar en México y preguntarse por qué aquello que en otras sociedades parece natural entre nosotros sencillamente no funciona o, peor aún, no existe.
Japón impresiona por su orden. Las personas hacen fila, respetan el espacio ajeno, mantienen limpias las calles y utilizan el transporte público sin convertir cada traslado en una competencia para imponerse sobre los demás. No es que los japoneses sean seres perfectos ni que su sociedad carezca de problemas. Lo extraordinario es que la mayoría cumple las reglas aunque ninguna autoridad esté vigilando. La norma no comienza en el código ni en la amenaza del castigo, sino en la conciencia de que vivir en comunidad exige limitar la propia conducta.
Corea del Sur es distinta. Se mueve con mayor prisa, hace más ruido y tiene una energía que recuerda, por momentos, nuestro temperamento. Sin embargo, debajo de ese movimiento existe una estructura que funciona. El metro es eficiente y viajar en él no se asemeja, como sucede con frecuencia en México, al castigo de los condenados en el cuarto círculo del Infierno de Dante. Los espacios públicos se respetan y la tecnología facilita la vida porque detrás de ella hay organización. El coreano puede ser impaciente, pero no confunde la impaciencia con el derecho a hacer lo que le venga en gana.
En México sucede con demasiada frecuencia lo contrario. La ley se considera una sugerencia y el cumplimiento de las reglas parece reservado para los ingenuos. Nos pasamos el semáforo, ocupamos el lugar que no nos corresponde, tiramos basura, damos una mordida y buscamos al conocido que pueda evitarnos una sanción. Después culpamos al gobierno por el desorden que ayudamos a producir. Exigimos autoridades honestas, pero celebramos nuestra propia habilidad para burlar la norma. Queremos un país de leyes, siempre que esas leyes se apliquen a los otros.
La diferencia fundamental no se encuentra en la cantidad de policías ni en la severidad de las penas. México tiene leyes para casi todo y reglamentos suficientes para sepultar cualquier escritorio. Lo que no tiene es la convicción colectiva de que la norma debe cumplirse incluso cuando nadie observa. En Japón, el orden parece nacer del respeto a los demás; en Corea, de la disciplina y de una idea compartida de progreso. En México seguimos esperando que el orden sea impuesto por una autoridad a la que, al mismo tiempo, despreciamos, corrompemos y tratamos de engañar.
No pretendo idealizar a dos países que también tienen desigualdades, abusos y contradicciones. Pero basta caminar por sus calles para entender que el respeto a la ley no es un asunto exclusivamente jurídico. Es una forma de educación y, sobre todo, de consideración hacia el prójimo.
México no cambiará solamente el día en que tenga mejores gobernantes. Cambiará cuando dejemos de pensar que respetar una fila, una calle, un semáforo o una ley es una humillación. El orden no es sumisión: es respeto. Y una sociedad en la que cada uno se siente con derecho a hacer lo que quiere termina viviendo como ninguno quisiera.
Por Carlos Román.

