Dios no miente. El hombre sí. Y el político ha hecho de la mentira un oficio fino, casi perfecto. No es un asunto de fe ni de catecismo; es algo más hondo y más incómodo: la persistencia de una idea que atraviesa los siglos y resiste todos los discursos, la de que existe una verdad que no se dobla, que no se ajusta al interés ni al cálculo, que no cambia con la moda ni con los vientos de la ideología. Una verdad que no depende de quién manda ni de quien decide y que, por eso mismo, incomoda. A esa verdad se le ha llamado Dios. Y, por eso, desde siempre ha sido el único límite que la política no ha podido domesticar.
El Papa lo recordó en Pascua con una claridad que cayó como piedra en la Casa Blanca. La guerra no tiene justificación moral, no se puede invocar a Dios para destruir, no hay causa que convierta la violencia en virtud. Decir eso hoy no es un gesto religioso, es un acto de inteligencia. Es poner orden donde otros empujan al caos.
Trump hizo lo que mejor sabe hacer: mentir. Atacó y descalificó al Papa, lo arrastró al terreno de la política menor y lo trató como si estuviera en campaña. Volvió a mostrar que es un político sin límite y sin juicio. Y cuando alguien así pierde el piso, se vuelve un riesgo. Lo llamó débil, lo acusó de no entender el mundo, lo redujo a un actor más, incapaz de aceptar que alguien le marque un alto. Ahí se ve su tamaño. Y no alcanza. Nunca ha alcanzado.
Trump es un hombre irresponsable jugando con la guerra como si no tuviera consecuencias. Y cuando el Papa le puso un límite, respondió como siempre: con esa mezcla de mezquindad y soberbia que lo define.
Y, por si faltara algo, su vicepresidente, Vance, dijo que el Papa no sabe teología. No es solo una torpeza, es una muestra de ignorancia revestida de arrogancia. Pretender dar lecciones de teología al jefe de la Iglesia es una ridiculez. Pero hay algo peor: revela hasta qué punto se ha perdido la proporción, hasta qué punto creen que pueden opinar de todo sin entender nada.
Piensan, en su inmensa soberbia, que el mundo se puede rehacer por decreto, como si la realidad obedeciera a sus deseos. No es así. Las economías, las culturas, las sociedades no se doblan por ocurrencias ni con gritos. El imperio puede incomodar, tensar, incluso destruir, pero no rehacer la realidad a su antojo.
Por eso su choque con el Papa no es menor. De un lado, una voz que marca un límite. Del otro, un loco que actúa como si no existiera nada por encima de él. El nuevo Calígula, queriendo deshacerse de cualquier freno.
La realidad no obedece discursos, y menos desplantes. Ni toda la arrogancia ha podido doblar a una cultura milenaria, ni su gran fuerza le está dando la victoria que presume. Al contrario, la factura ya empezó a llegar. Lo que anunció como dominio se le está volviendo desgaste. Lo que gritó como certeza empieza a verse como error. Tarde o temprano, incluso los imperios más fuertes caen por bravucones como éste.
Dios no miente. Los hombres sí; y, por su soberbia, acaban mal. Solo decir que ese es el pecado que más le gusta al diablo.
Por Carlos Román.

