El nacionalismo es un lujo que sólo pueden permitirse los países poderosos. Las potencias lo ejercen porque tienen con qué sostenerlo. Los demás lo invocan para sentirse mejor, aunque la realidad económica y política diga otra cosa.
Estados Unidos cierra mercados, impone aranceles, sanciona economías enteras o tensa relaciones diplomáticas sin que su sistema interno se resquebraje. Puede hacerlo porque controla tecnología, domina buena parte del sistema financiero internacional y respalda sus decisiones con una capacidad militar incomparable. Cuando detrás de la bandera hay poder, el fervor patriótico deja de ser retórica y se convierte en instrumento de política internacional.
Para economías como la mexicana la situación es distinta. La estabilidad depende del comercio, de la inversión productiva, de las cadenas globales de producción y, sobre todo, de la confianza internacional. En esas condiciones el nacionalismo termina siendo un recurso doméstico: produce orgullo momentáneo, pero no altera la estructura de la dependencia.
La economía, sin embargo, no escucha discursos. México envía cerca del ochenta por ciento de sus exportaciones al mercado estadounidense y su industria manufacturera está profundamente integrada con la del vecino del norte. Automóviles, componentes electrónicos, autopartes y productos agrícolas forman parte de las mismas cadenas industriales. Millones de empleos dependen de esa relación. Ambos países operan como una sola maquinaria productiva en numerosos sectores. En ese contexto la exaltación patriótica tiene algo de irónico: millones de mexicanos viven en Estados Unidos y muchos más quisieran estar allá.
Los mexicanos somos patrioteros. Cada vez que la relación con Estados Unidos se vuelve incómoda —o cuando la política interna necesita una emoción que movilice simpatías— reaparece el viejo repertorio: invasiones, derrotas y agravios históricos repetidos desde la infancia. La emoción desplaza al análisis.
En los últimos años esa tradición adoptó una forma particularmente simple: la retórica patriotera de la Cuarta Transformación. Es ruidosa y superficial. Parte de una premisa elemental: creer que el pueblo es invencible. No lo es.
Tomar en serio la defensa de los intereses nacionales exige algo distinto. Los países que han protegido con mayor eficacia su autonomía no lo han hecho con discursos inflamados, sino mediante instituciones sólidas, desarrollo tecnológico, educación de calidad y estrategias económicas de largo plazo. La soberanía moderna no se proclama: se construye.
Las declaraciones recientes de Donald Trump ilustran bien esa asimetría. Ha repetido que en México mandan los cárteles y contó en una reunión con dirigentes latinoamericanos cómo pidió a la presidenta mexicana que lo dejara “erradicarlos”. El comentario vino acompañado de elogios con cierta sorna —“una buena persona, con una voz hermosa”— mientras reiteraba la amenaza de intervenir contra el crimen organizado.
Se permite ese tono de burla porque sabe que el costo político para él es prácticamente inexistente. No teme represalias económicas ni consecuencias estratégicas. Ese tipo de provocaciones sólo prospera cuando el interlocutor carece de estatura para responder en otro plano. Y esa estatura no nace de proclamas patrióticas ni de invocaciones abstractas a la soberanía. Se construye con poder económico, instituciones respetadas y un Estado capaz de gobernar su propio territorio.
Cuando un país vive atrapado en la corrupción, la violencia criminal y una política que ha debilitado sus instituciones democráticas, su capacidad para exigir respeto se evapora.
En esas condiciones la soberanía se grita mucho, pero vale poco. Conviene recordarlo. Hace no mucho alguien gritaba:“vengan por mí, cobardes”… y fueron.
Por Carlos Román.

