El Gobierno de Nepal anunció este jueves 15 de octubre que la riada del pasado 26 de agosto destruyó el 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) del país, con daños materiales valorados en 1.800 millones de dólares y pérdidas económicas adicionales de más de 900 millones, equivalentes a ese 10 por ciento del PIB nacional. El cálculo fue presentado por el ministro de Finanzas, Swarnim Wagle, en una conferencia en el Club de Corresponsales Extranjeros de Bangkok, en el marco de las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).
La catástrofe, conocida como el “tsunami del Himalaya”, dejó más de 1.500 fallecidos y 6.000 desaparecidos, además de una severa destrucción en infraestructuras esenciales, proyectos hidroeléctricos, tierras de cultivo, estanques de pesca, reservas de alimentos e infraestructura agrícola en todo el país. El impacto económico es devastador para una nación que ya era considerada la más pobre de Asia después de Afganistán.
Un desastre sin precedentes
El desastre ocurrió tras el desprendimiento de una masa glaciar y rocosa de dos kilómetros cuadrados en la montaña Langtang Lirung, a 5.200 metros de altitud. Este evento también afectó a la región china del Tíbet. La riada resultante arrasó comunidades enteras y destruyó medios de vida, dejando un saldo humano y material que las autoridades nepalíes califican como uno de los peores en la historia reciente del país.
Un estudio reciente de Scientific Reports advierte que unas 300.000 personas viven en cauces fluviales susceptibles de inundaciones en Nepal, mientras que la construcción en esas zonas aumentó casi un 50 por ciento entre 2016 y 2023. Esta combinación de factores —alta exposición y crecimiento desordenado— agrava la vulnerabilidad del país frente a eventos climáticos extremos.
Llamado a la cooperación internacional
El ministro Wagle subrayó que Nepal no pretende limitarse a “reemplazar lo destruido, sino construir mejor”, con infraestructuras más resistentes que elevarán el coste de la reconstrucción a 5.000 millones de dólares. Asimismo, denunció que Nepal, “el país más pobre de Asia después de Afganistán”, apenas ha contribuido al calentamiento global por su escasa industrialización y reducidas emisiones, pero “está soportando las peores consecuencias del cambio climático”.
En ese sentido, apeló a la “responsabilidad ética y moral de los países con mayores recursos” para apoyar a los más vulnerables y reclamó un modelo de “solidaridad y cooperación global” frente a estas catástrofes. “No se trata de culpar a los países ricos, sino de hacer un llamamiento conjunto a la acción”, afirmó.
El anuncio se realizó en el marco de las reuniones anuales del FMI y el Banco Mundial, donde Wagle busca financiación internacional para la reconstrucción y medidas que permitan “evitar o mitigar el impacto de futuras catástrofes”.
Implicaciones para América Latina
Aunque la tragedia ocurre a miles de kilómetros, el caso de Nepal resuena en América Latina, una región también altamente expuesta a desastres naturales y con infraestructuras vulnerables. La combinación de deforestación, urbanización informal en zonas de riesgo y eventos climáticos extremos es común en varios países latinoamericanos. La lección es clara: la inversión en resiliencia y la cooperación internacional son clave para evitar pérdidas humanas y económicas catastróficas.
Además, el llamado de Nepal a la justicia climática refuerza la posición de naciones en desarrollo que, como las latinoamericanas, contribuyen poco a las emisiones globales pero sufren desproporcionadamente los efectos del cambio climático. El debate sobre financiamiento para pérdidas y daños, central en las negociaciones climáticas, cobra relevancia con este tipo de eventos.
Reconstrucción y futuro
Nepal enfrenta ahora el desafío de reconstruir no solo lo destruido, sino de hacerlo de manera más segura. El costo estimado de 5.000 millones de dólares supera con creces la capacidad fiscal del país, por lo que la ayuda internacional será determinante. El ministro Wagle insistió en que la comunidad global tiene una responsabilidad compartida y que la solidaridad no es solo un imperativo moral, sino una necesidad para la estabilidad global.
Mientras tanto, las secuelas humanas persisten: miles de familias desplazadas, pérdida de cosechas y medios de subsistencia, y la amenaza latente de nuevos deslizamientos en un terreno cada vez más frágil. La reconstrucción tomará años y requerirá un enfoque integral que combine ingeniería, planificación territorial y adaptación al cambio climático.
La comunidad internacional observa con atención el desarrollo de los acontecimientos, pues lo que ocurre en el Himalaya es un recordatorio de que ningún país está a salvo de los embates de la naturaleza, especialmente cuando el calentamiento global intensifica eventos extremos.

