Cada septiembre México se cubre de banderas, desempolva a sus héroes y se declara orgullosamente independiente. La ceremonia se repite con puntualidad litúrgica: campanas, vivas, fuegos artificiales, tequila y una multitud que aclama a quienes nos dieron patria. Durante unas horas somos una nación libre, soberana y convencida de su grandeza. Después se apagan las luces de Palacio, se barre el confeti y volvemos a descubrir que nuestra independencia admite matices, excepciones y hasta instrucciones en inglés.
Con Estados Unidos compartimos más de tres mil kilómetros de frontera; millones de mexicanos han emigrado hacia allá, tenemos una vigorosa relación comercial y nos unen asuntos fundamentales de migración, seguridad e inversiones. Por eso, sería absurdo convertir la soberanía en aislamiento o confundir la dignidad con la enemistad. Pero también resulta poco creíble proclamar que nadie dicta a México lo que debe hacer, mientras cada amenaza en materia arancelaria modifica nuestro discurso, cada exigencia migratoria moviliza soldados y cada reclamo sobre seguridad obliga al gobierno a demostrar, con prisa de alumno reprendido, que está haciendo la tarea.
Desde que recuerdo, la palabra soberanía se robustece en los discursos, pero queda anémica en los hechos. Washington exige controlar la frontera, detener migrantes, combatir el fentanilo, vigilar las inversiones chinas y revisar el contenido de nuestros automóviles. México responde que coopera, pero que no se subordina. Es una fórmula diplomática admirable: permite obedecer sin reconocerlo y ceder sin perder la sonrisa. Nos coordinamos, dicen, aunque curiosamente la coordinación consiste casi siempre en que uno fija las prioridades y el otro explica cómo habrá de cumplirlas.
Lo preocupante no es colaborar con Estados Unidos, sino necesitar que otro país venga a compensar las incapacidades que durante décadas cultivamos y que hoy florecen. Dejamos crecer a los cárteles, abandonamos policías municipales, toleramos fiscalías inútiles y entregamos territorios completos al crimen. Luego envolvemos nuestra impotencia en la bandera y llamamos “defensa de la soberanía” a impedir que se diga en voz alta lo que todos pueden ver.
Tampoco somos plenamente soberanos cuando buena parte de la economía depende de las decisiones tomadas en Washington. El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá será revisado y nuestro gobierno llegará a la mesa proclamando igualdad, aunque sabe que una amenaza contra las exportaciones basta para alterar el tipo de cambio, paralizar inversiones y poner nerviosos a los empresarios. La geografía impone realidades, desde luego, pero la dependencia no nació solamente del mapa: también es hija de nuestra mediocridad, de una educación abandonada y fallida, de la inseguridad y de una política energética empeñada en rendir culto al pasado.
La independencia no consiste en insultar al vecino ni en pronunciar discursos inflamados. Un país es soberano cuando puede alimentar a su población, proteger sus fronteras, aplicar sus leyes, garantizar justicia y negociar sin hacerlo de rodillas. La soberanía se construye con instituciones respetables, policías confiables, tribunales independientes y ciudadanos dispuestos a cumplir la ley; no con matracas, sombreros tricolores ni arengas transmitidas en cadena nacional.
La noche del Grito volveremos a escuchar que México es libre e independiente. Conviene celebrarlo, pero sin exagerar. Somos independientes para organizar ceremonias, soberanos para lanzar cohetes y recoger las varas, y absolutamente autónomos para repetir consignas. En todo lo demás, seguimos negociando.
Somos, por ahora, casi soberanos.
Por Carlos Román

