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La guerra iniciada por Israel y Estados Unidos ha dejado una lección clara para el ala dura del régimen iraní: las armas de destrucción masiva son su única garantía de supervivencia. Esa convicción se está extendiendo a Polonia, Corea del Sur o Arabia Saudí, que también conviven con vecinos nucleares o que pretenden serlo. Sin embargo, los costes de desarrollar la bomba atómica —desde sanciones económicas hasta ataques preventivos— aún son demasiado altos, por lo que no darán el paso definitivo a corto plazo.

En su lugar, estos Estados están poniendo en marcha dos estrategias paralelas para disuadir una posible agresión: programas de enriquecimiento de uranio y el despliegue de armamento estratégico convencional. A largo plazo, implementar ambas podría acercar a Seúl o Riad al umbral nuclear sin desatar represalias internacionales inmediatas, pero también aumentar la inestabilidad regional y dar pie a nuevos conflictos.

Hacia una escalada nuclear atípica

Estados Unidos e Israel han justificado sus recientes bombardeos sobre Irán bajo la premisa de impedir que Teherán termine por desarrollar bombas nucleares y diezmar el programa de misiles balísticos que podrían arrojar estas sobre sus territorios. Paradójicamente, esta ofensiva refuerza la tesis del ala dura del régimen, encabezada por la Guardia Revolucionaria, de que el arma atómica es el único seguro de vida para evitar futuras agresiones. Por eso es improbable que los negociadores iraníes accedan a desmantelar su programa de enriquecimiento, una exigencia estadounidense para poner fin a las hostilidades.

Existe un paralelismo con la guerra en Ucrania. En 1994, Kiev entregó a Moscú el arsenal atómico soviético estacionado en su suelo a cambio de garantías de seguridad. Tres décadas después, es legítimo dudar que Rusia hubiera invadido si Ucrania lo hubiese conservado. De hecho, la propia invasión, sumada a la creciente imprevisibilidad estadounidense y a la caducidad del último tratado de control de armamento, ha generado un entorno de incertidumbre que impulsa a las potencias medias a buscar su propio paraguas nuclear.

Estrategias paralelas: enriquecimiento y armamento convencional

Ante el alto costo de desarrollar la bomba, estas naciones optan por dos vías complementarias. Por un lado, avanzan en el enriquecimiento de uranio, lo que les permite acercarse al umbral nuclear sin violar de forma flagrante el Tratado de No Proliferación (TNP). Por otro, despliegan sistemas de armas convencionales de largo alcance y alta precisión, como misiles hipersónicos o drones, que pueden disuadir agresiones sin cruzar la línea nuclear.

El caso de Corea del Sur

Seúl ha intensificado su programa de enriquecimiento de uranio bajo la justificación de generar combustible para reactores civiles. Sin embargo, su capacidad técnica le permitiría producir material fisible para armas en cuestión de meses si decidiera retirarse del TNP. Además, ha desarrollado misiles balísticos con alcance regional y sistemas de defensa antimisiles, lo que le otorga una disuasión convencional creíble frente a Corea del Norte.

Arabia Saudí y su ambición nuclear

Riad, por su parte, ha anunciado planes para construir reactores nucleares con fines pacíficos, pero se ha negado a firmar el protocolo adicional del TNP que permite inspecciones sorpresa. Esto genera sospechas de que busca mantener la opción de desarrollar armas nucleares. Al mismo tiempo, ha adquirido sistemas de misiles balísticos de China y drones de ataque, fortaleciendo su capacidad de disuasión convencional.

Riesgos de una proliferación escalonada

Estas estrategias paralelas reducen el riesgo de una reacción internacional inmediata, pero a largo plazo aumentan la inestabilidad regional. Si varios países alcanzan el umbral nuclear, se podría desatar una carrera armamentista en Medio Oriente y Asia, con el consiguiente riesgo de conflictos por error o malentendidos. Además, la proliferación de misiles balísticos y drones podría llevar a una nueva era de guerra híbrida, donde los ataques preventivos sean más frecuentes.

El papel de Estados Unidos y el TNP

Estados Unidos enfrenta el dilema de cómo responder a estas estrategias sin alienar a sus aliados. Por un lado, presiona para mantener el TNP; por otro, su propia imprevisibilidad y la retirada de acuerdos como el de control de armamentos con Rusia socavan la confianza en las garantías de seguridad. Para evitar una proliferación descontrolada, Washington debería reforzar los mecanismos de verificación y ofrecer compromisos de defensa creíbles a sus aliados, pero la polarización política interna dificulta estas acciones.

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Por Editor

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