El panorama para las empresas de tecnología en América Latina parece, en superficie, inmejorable. El comercio digital regional supera los 190 mil millones de dólares anuales y es el mercado de e-commerce de mayor crecimiento del mundo. Sin embargo, detrás de este potencial hay una barrera operativa que pocos anticipan: la complejidad arcaica de los sistemas de pagos, un obstáculo que paraliza la expansión incluso cuando el producto tiene éxito y la demanda es clara.
Según el análisis de Nahuel Candia, CEO de la empresa de infraestructura financiera Rebill, existe una escena que se repite en incontables startups y compañías de software. El producto funciona, los clientes en nuevos mercados aparecen, el equipo comercial ve tracción en dos o tres países y entonces surge la pregunta crítica: ¿cómo cobramos?. “El patrón es siempre el mismo”, señala Candia, “no tienen un problema de producto. Tienen un problema de infraestructura de pagos”.
La oportunidad está más que documentada. Incluyendo servicios digitales, viajes y delivery, el comercio digital total en la región supera los 769 mil millones de dólares y se proyecta que alcanzará más de un billón para 2027. Paralelamente, el ecosistema fintech creció un 340% en la última década, con más de 3,000 empresas en 26 países. La demanda es robusta, pero la infraestructura para monetizarla de manera transversal es notoriamente insuficiente.
Un laberinto regulatorio y técnico
El problema es estructural y varía dramáticamente por país. Para cobrar en México con tarjetas locales, por ejemplo, una empresa extranjera necesita constituir una sociedad mexicana, obtener licencias ante la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), conectarse a un procesador local y navegar un régimen fiscal complejo. Cada nación en la región impone su propio conjunto de requisitos legales, alianzas bancarias y estándares técnicos, creando un laberinto que consume meses de gestión legal y desarrollo técnico.
Este “cuello de botella silencioso” no solo frena el crecimiento de empresas internacionales que quieren entrar a Latinoamérica, sino que también limita severamente la ambición regional de las startups locales. La capacidad de escalar de manera ágil y eficiente a mercados vecinos se ve truncada por una capa de pagos fragmentada y poco interoperable, diseñada para una economía pre-digital.
La consecuencia es un mercado digital latinoamericano que, a pesar de su dinamismo, opera en silos. Empresas que podrían ser regionales se ven forzadas a concentrarse en uno o dos mercados, dejando una porción significativa de ingresos potenciales sobre la mesa y ralentizando la consolidación de verdaderos campeones tecnológicos de alcance continental.
La solución, argumentan expertos del sector, pasa por el desarrollo de una capa de infraestructura financiera moderna y unificada. Plataformas que actúen como un único punto de integración, abstraigan la complejidad local y permitan a las empresas de tecnología enfocarse en lo que mejor hacen: innovar y atender a sus clientes. En un contexto geopolítico y económico donde la integración regional es clave para el desarrollo, superar este escollo técnico se convierte no solo en una ventaja comercial, sino en un imperativo estratégico para la economía digital de México y toda América Latina.

