Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la burla del débil, la ofensa al enfermo o la humillación del desvalido quedaban excluidas del lenguaje democrático. El único espacio para estos discursos eran los rincones menos recomendables de la esfera política y mediática. No hace falta idealizar el pasado para recordar que a principios de este siglo un presidente de Estados Unidos del Partido Republicano como George W. Bush propugnaba un “conservadurismo compasivo”, porque consideraba que los valores de la derecha que él representaba no estaban en absoluto reñidos con la ayuda a los desfavorecidos o la escucha de los demás. Su sucesor, Barack Obama, defendía que el “déficit de empatía” era un problema más grave que el déficit presupuestario, y propugnaba el esfuerzo mental de “ponerse en los zapatos del otro” y “ver el mundo con sus ojos”. Todas estas buenas intenciones eran tal vez ingenuas, pero al menos mostraban una voluntad de decencia y ejemplaridad.
Saltaron por los aires cuando Donald Trump irrumpió hace una década en la escena electoral llamando “violadores” a los inmigrantes mexicanos, gesticulando en un mitin para imitar a un periodista discapacitado o despreciando el historial bélico de alguien como John McCain, prisionero durante más de cinco años en Vietnam y considerado un héroe en su partido y su país. Ahí no había empatía ni compasión. Y solo era el principio.
La normalización de la crueldad como arma política
Trump ha normalizado la crueldad como arma política y ha inspirado a todo tipo de imitadores en América y Europa. Desde la exhibición desacomplejada de los detenidos en las cárceles de El Salvador por parte de Nayib Bukele hasta el calificativo de “invasores” para inmigrantes menores de edad en Ceuta, hay un rasgo común: la desinhibición de la palabra y la certeza de que no se paga un precio por vulnerar algunas reglas no escritas.
No es otro el modelo de negocio de redes sociales que, como la de Elon Musk, premian el ruido y la polarización. Ni es distinta la visión que sustentan algunos oligarcas: la de un mundo en el que lo que Musk denomina “empatía suicida” amenaza con el fin de la “civilización occidental”. “Liberad a los lobos”, reza el subtítulo de uno de los ensayos que entusiasma al dueño de X.
Si era necesario demostrar que la brutalidad se ha instalado en el centro de la vida estadounidense, lo ha confirmado esta semana la decisión del Pentágono de retransmitir la ejecución de un militar condenado a muerte, una práctica propia de organizaciones como el Estado Islámico. Lo que hace años habría quedado en los márgenes —la testosterona como programa y la desinhibición como reclamo electoral— es doctrina oficial en la primera potencia del mundo.
El contagio global y la erosión del contrato social
El contagio es inevitable. Y tiene que ver también con la atomización del espacio público fomentada por algoritmos ávidos de bronca y con un capitalismo cuyos excesos las democracias no logran embridar. Hay algo más: la erosión del contrato social en torno al Estado del bienestar tras la II Guerra Mundial, un proyecto que habría sido irrealizable sin la convergencia de democristianos y socialdemócratas. Hoy estos consensos se deshilachan y es la extrema derecha la que avanza en los sondeos y encadena victorias.
Los referentes ya no son Bush, y menos aún Adenauer o De Gaulle. Son Trump, Musk, la motosierra de Milei o el último agitador en X o TikTok. La moderación se ha convertido en defecto y el extremismo, en virtud. Pero son lenguajes ajenos a las corrientes que han construido Europa, y por eso produce extrañeza que haya conservadores que renieguen de ellas, o que desde formaciones que aspiran a formar parte del próximo Gobierno español se denigre a una anciana desahuciada de su piso o a deshumanizar a los inmigrantes.
El problema ha dejado de ser el “déficit de empatía” del que hablaba Obama; ahora es el “excedente de brutalidad”. Si fuera posible contenerla e introducir unas dosis de la empatía obamiana o la compasión de Bush, sería una señal esperanzadora a las puertas de esta campaña electoral.
El papel de la tecnología y las redes sociales
Las plataformas digitales han amplificado este fenómeno. Los algoritmos, diseñados para maximizar la interacción, favorecen el contenido incendiario y polarizante. La economía de la atención premia la confrontación y castiga la moderación. En este ecosistema, los discursos de odio y la deshumanización del adversario encuentran un terreno fértil.
Además, la desinformación y las noticias falsas se propagan con facilidad, erosionando la confianza en las instituciones y en los medios tradicionales. Esto crea un caldo de cultivo para líderes populistas que explotan el miedo y la ira.
Consecuencias para la democracia y la convivencia
La normalización de la crueldad tiene consecuencias profundas. Por un lado, deshumaniza a grupos vulnerables y legitima la violencia contra ellos. Por otro, degrada el debate público y dificulta la búsqueda de soluciones consensuadas a problemas complejos.
La erosión del contrato social y del Estado de bienestar agrava la desigualdad y la exclusión, lo que a su vez alimenta el resentimiento y la polarización. En este contexto, la extrema derecha capitaliza el descontento y avanza electoralmente.
Es crucial recuperar la empatía y la compasión en la política. Como señalaba Obama, el déficit de empatía es más grave que el déficit presupuestario. Solo reconstruyendo un lenguaje político basado en el respeto y la dignidad humana podremos contener la marea de brutalidad que amenaza nuestras democracias.

