Para Juan Carlos y Alejandro.
Pocas cosas representan mejor a este país que el aguacate. No solo por su sabor, sino por todo lo que hemos hecho con él… y, sobre todo, por todo lo que todavía estamos a tiempo de hacer. El aguacate es fruto, mercancía de alto valor y producto de exportación. Un producto que, bien entendido, puede dejar de ser espejo de carencias para convertirse en ejemplo de oportunidad.
“Oro verde”, lo llamamos, con una mezcla de orgullo y satisfacción. Exportaciones récord, demanda internacional creciente, presencia obligada en el Super Bowl. El aguacate mexicano conquistó el mundo. Y esa conquista, lejos de ser un punto de llegada, puede ser el punto de partida para algo mejor: pasar de proveedores a protagonistas, del huerto al proyecto.
La pregunta incómoda —¿quién gana realmente con el aguacate?— sigue siendo válida, pero hoy admite una respuesta distinta. Sí, existen intermediarios voraces y cadenas de valor capturadas. Sí, hay regiones sometidas a presión y un Estado que muchas veces llega tarde. Pero también hay productores informados, tierra fértil, conocimiento técnico y una ventana histórica para reorganizar el negocio desde el origen.
El problema nunca ha sido el aguacate. El problema ha sido conformarse con venderlo sin pensarlo. Exportar toneladas de pulpa fresca mientras otros países construyen industrias completas alrededor del mismo fruto. Vender la materia prima y dejar ir el proceso, la marca, la patente, el margen. Pero esa lógica no es una condena: es una decisión que puede cambiarse.
Ahí está la oportunidad. El aguacate no es solo fruta: es aceite premium, cosmética especializada, alimentos funcionales, suplementos, biotecnología, marcas regionales con identidad. Es agroindustria, no solo agricultura. Y quien entienda eso a tiempo puede capturar un valor que hoy se está quedando en otras manos.
Mascota, con su tierra y su vocación agrícola, no está condenada a repetir el viejo esquema extractivo. Al contrario: puede convertirse en laboratorio de algo distinto. Integración vertical, transformación local, alianzas inteligentes, certificaciones. Menos cajas embarcadas y más proyecto diseñado.
También hay una dimensión cultural que juega a favor. El mundo asocia el aguacate con México. Esa identidad, bien utilizada, puede dejar de ser folclor y convertirse en poder económico. No basta con que nos necesiten para comer guacamole; la verdadera meta es que nos necesiten para innovar, para fijar estándares, para definir calidad y precio. Confundir demanda con poder ha sido el error; convertir demanda en estrategia puede ser el acierto.
En el fondo, el aguacate pone sobre la mesa una lección clara: tener recursos no es lo mismo que tener proyecto. Pero cuando el proyecto aparece, los recursos dejan de ser vulnerables y empiezan a ser palanca. Un proyecto ordena, protege, distribuye y trasciende generaciones.
El aguacate puede ser ejemplo de economía regional bien pensada, de industria local con visión global, de valor agregado construido desde el campo y no impuesto desde fuera. No como milagro espontáneo, sino como recurso estratégico trabajado con reglas claras, inteligencia y paciencia.
Tal vez por eso el aguacate nos representa tanto. No solo por lo que somos, sino por lo que podemos ser si dejamos de desperdiciar el potencial. Porque, como el país, el aguacate tiene todo para dejar de ser promesa y convertirse, por fin, en proyecto.
Por Carlos Román.

