La retórica sobre el narcotráfico en México ha trascendido el ámbito de la seguridad para convertirse en un arma discursiva de alto impacto geopolítico. Según el investigador Oswaldo Zavala, docente del Graduate Center de la City University of New York, la aceptación acrítica del término ‘cártel’ por parte de autoridades, medios y sociedad mexicana funciona como un caballo de Troya que legitima narrativas intervencionistas desde Estados Unidos. ‘Aceptar la palabra cártel es como invitar el caballo de Troya a las puertas de la ciudad’, explica Zavala en entrevista exclusiva, destacando cómo este lenguaje no solo describe a traficantes de drogas, sino que construye la imagen de organizaciones que disputan la soberanía estatal, controlan territorio y justifican operaciones extranjeras bajo el pretexto de ‘liberación’.
Esta perspectiva adquiere urgencia ante las declaraciones recurrentes del presidente Donald Trump, quien durante su segundo mandato ha designado a los cárteles como organizaciones terroristas y afirmado que ‘México está gobernado por los cárteles’. Para Zavala, autor de ‘Los Cárteles No Existen’, estas declaraciones no son meras exageraciones, sino componentes de un guion estratégico ya ensayado en Venezuela. ‘Primero se creó un contexto en el que Estados Unidos manifiesta enorme descontento por el supuesto avance de lo que llaman narcoterrorismo, de forma muy falaz’, señala el académico, recordando cómo el Departamento de Justicia acusó en 2020 a Nicolás Maduro de liderar el ‘Cártel de Los Soles’, designación posteriormente utilizada para justificar intervenciones.
El paralelismo entre ambos casos revela patrones preocupantes. En Venezuela, tras la captura de Maduro, las acusaciones se desplazaron del liderazgo de un cártel a la corrupción estatal para el transporte de cocaína, demostrando la flexibilidad discursiva según conveniencias políticas. Zavala advierte que México, al validar el lenguaje bélico contra los cárteles, habilita la aplicación del mismo guion intervencionista. ‘Estados Unidos no es serio en el combate al narcotráfico, es solo un pretexto. No hay ninguna preocupación real sobre el tráfico de fentanilo’, sentencia, subrayando la ironía de que, si existiera un narcoestado definido por distribución y consumo masivo, ese sería precisamente Estados Unidos.
La construcción semántica tiene consecuencias tangibles en la política exterior. La insistencia en mapas de control territorial de grupos como el Cártel Jalisco Nueva Generación o el Cártel de Sinaloa, ampliamente difundidos por agencias estadounidenses y replicados en medios mexicanos, proporciona el pretexto visual para narrativas de ‘Estados fallidos’. Zavala critica esta dinámica: ‘Nosotros hemos repetido esa idiotez, esa fantasía por años y ahora nos la vienen a cobrar’. Al internalizar y reproducir estos marcos conceptuales, México participa activamente en la fabricación de su propia vulnerabilidad soberana.
Frente a este escenario, la política de negociación del gobierno de Claudia Sheinbaum con la administración Trump ha demostrado sus límites. Zavala argumenta que ‘lo que toca hacer ahora es mostrar cómo el intervencionismo de Estados Unidos es tan peligroso que podría detonar un conflicto verdaderamente costoso para ambos países’. La salida, según el investigador, requiere un replanteamiento radical: abandonar la narrativa de guerra y disputar el lenguaje desde sus fundamentos. Esto implica denunciar la presión estadounidense no como exigencia de seguridad legítima, sino como construcción discursiva hostil diseñada para erosionar la autonomía nacional.
La batalla por el significado trasciende lo semántico para convertirse en cuestión de soberanía. Zavala enfatiza que, mientras México no rompa con la semántica impuesta desde Washington, permanecerá atrapado en un relato donde su función es ser el chivo expiatorio del problema de drogas estadounidense. ‘Mientras sigamos fingiendo que esto es sobre el narcotráfico, mientras sigamos fingiendo que el presidente quiere más acciones y hay que darle más, vamos a estar atrapados en esa lógica de extorsión’, concluye. La alternativa pasa por desarrollar narrativas propias que contextualicen el narcotráfico como fenómeno transnacional con responsabilidades compartidas, desmontando la simplificación binaria de ‘país productor’ versus ‘país consumidor’.
Este enfoque exige coraje político y coordinación diplomática en América Latina. Países como Colombia, Perú y Bolivia han enfrentado presiones similares, aunque con matices históricos distintos. La creación de marcos regionales de análisis y respuesta podría fortalecer la posición negociadora frente a Estados Unidos, evitando la aplicación de guiones intervencionistas estandarizados. Además, implica reformular la cooperación en seguridad hacia modelos que prioricen derechos humanos y desarrollo social sobre enfoques meramente punitivos, frecuentemente contraproducentes y violatorios de soberanía.
En el plano mediático, la responsabilidad recae en periodistas y analistas para cuestionar terminologías importadas y contextualizar declaraciones políticas dentro de estrategias geopolíticas más amplias. La repetición acrítica de términos como ‘cártel’, ‘narcoestado’ o ‘narcoterrorismo’ sin deconstruir sus implicaciones contribuye a normalizar marcos discursivos peligrosos. Zavala insta a recuperar precisiones conceptuales: hablar de ‘organizaciones de tráfico de drogas’ en lugar de ‘cárteles’, por ejemplo, elimina la carga semántica de disputa territorial y legitimación intervencionista.
El caso mexicano ilustra cómo las palabras se convierten en campos de batalla donde se definen relaciones de poder internacional. La administración Sheinbaum enfrenta el desafío de navegar esta complejidad sin caer en provocaciones innecesarias ni concesiones que refuercen narrativas adversas. La construcción de alianzas dentro de Estados Unidos con sectores críticos de las políticas de ‘guerra contra las drogas’, junto con una diplomacia pública robusta que exponga las contradicciones del enfoque actual, podría abrir espacios para un diálogo más equilibrado.
Finalmente, Zavala recuerda que el narcotráfico es, ante todo, un mercado impulsado por demanda. Cualquier estrategia seria debe abordar la reducción de consumo y el tratamiento de adicciones en Estados Unidos, así como el control de precursores químicos y flujos financieros ilícitos. Centrar el debate en la supuesta ‘gobernanza de cárteles’ en México distrae de estas responsabilidades compartidas y facilita la externalización del problema. Romper este círculo requiere, en palabras del investigador, ‘dejar de servir a la narrativa de la guerra y comenzar a disputar el lenguaje’. Solo así México podrá reclamar agencia en un debate donde hasta ahora ha sido principalmente objeto, no sujeto.

