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La decisión de Equinor de suspender su proyecto de hidrógeno azul en Groningen no es una historia sobre fallas de ingeniería o falta de apoyo público. Es una historia sobre la ausencia de clientes. El proyecto H2M obtuvo apoyo del Fondo de Innovación de la Unión Europea y se posicionó como una piedra angular de la descarbonización industrial. Sin embargo, la falta de compromisos de compra a largo plazo por parte de industrias intensivas en energía reveló una brecha crítica entre la ambición climática y la realidad del mercado.

El dilema del hidrógeno: colores y costos

La industria del hidrógeno ha desarrollado un código de colores para diferenciar los métodos de producción. El hidrógeno gris, producido a partir de gas natural sin captura de carbono, sigue siendo el más común pero también el más contaminante. El hidrógeno azul utiliza la misma fuente fósil pero incorpora tecnologías de captura y almacenamiento de carbono (CCS). El hidrógeno verde, producido mediante electrólisis usando energías renovables, representa el estándar de cero emisiones.

La economía del hidrógeno azul en entredicho

El caso de Groningen expone las vulnerabilidades económicas del hidrógeno azul. A pesar de los subsidios públicos y el marco regulatorio favorable, el proyecto no logró asegurar clientes dispuestos a pagar la prima verde. Las industrias potenciales, como la química, el acero y el transporte marítimo, enfrentan sus propias presiones competitivas y requieren certeza de precios a décadas vista.

En América Latina, varios países exploran proyectos similares. México, con sus vastos recursos de gas natural, podría parecer un candidato ideal para el hidrógeno azul. Sin embargo, la experiencia europea sugiere que la viabilidad comercial depende de factores más allá de la disponibilidad de recursos:

  • Compromisos de compra a largo plazo de industrias locales
  • Infraestructura de transporte y almacenamiento
  • Marco regulatorio estable y predecible
  • Competencia con alternativas de descarbonización

El amoníaco como vector energético

El amoníaco (NH3) emerge como un vector prometedor para el transporte de hidrógeno. Con una densidad energética superior y una infraestructura de transporte marítimo establecida, el amoníaco verde podría revolucionar el comercio internacional de energía limpia. Países como Chile, con su excepcional potencial solar y eólico, se posicionan como futuros exportadores de amoníaco verde hacia mercados asiáticos y europeos.

Desafíos técnicos y oportunidades

La producción de amoníaco verde enfrenta desafíos significativos. El proceso Haber-Bosch, desarrollado hace más de un siglo, requiere condiciones extremas de presión y temperatura. Adaptar esta tecnología para operar con hidrógeno renovable y energía intermitente exige innovación en varios frentes:

  1. Electrolizadores más eficientes y de menor costo
  2. Sistemas de almacenamiento de energía para gestionar la intermitencia renovable
  3. Catalizadores que funcionen a menores presiones y temperaturas
  4. Integración con redes eléctricas renovables

El panorama latinoamericano

América Latina presenta condiciones únicas para el desarrollo del amoníaco verde. La región cuenta con algunos de los mejores recursos renovables del planeta, costos competitivos de producción y una creciente demanda interna de combustibles limpios para la minería, la agricultura y el transporte.

Brasil lidera en biocombustibles pero explora el hidrógeno verde. Argentina avanza en proyectos piloto en la Patagonia. Colombia estudia el potencial de sus regiones costeras. Cada país debe desarrollar estrategias adaptadas a sus recursos, capacidades industriales y mercados de exportación.

Consideraciones geopolíticas

La transición hacia el amoníaco verde tiene implicaciones geopolíticas profundas. Los países exportadores tradicionales de combustibles fósiles podrían ver erosionadas sus ventajas competitivas. Mientras tanto, naciones con abundantes recursos renovables, como muchos en América Latina, podrían ascender en la cadena de valor energética global.

Esta reconfiguración requiere una cuidadosa planificación estratégica. Los acuerdos comerciales, las normas técnicas internacionales y los mecanismos de financiamiento climático determinarán qué países capturan el mayor valor de esta transición.

El camino hacia 2030

La próxima década será crucial para definir el futuro del amoníaco como vector energético. Los proyectos piloto actuales deben escalar rápidamente para alcanzar la paridad de costos con las alternativas fósiles. Esto requiere:

  • Inversión masiva en infraestructura renovable
  • Desarrollo de cadenas de suministro locales
  • Formación de capital humano especializado
  • Colaboración público-privada efectiva

El caso de Groningen nos recuerda que la viabilidad técnica no garantiza el éxito comercial. Los proyectos de amoníaco verde en América Latina deben aprender esta lección desde el inicio, construyendo ecosistemas industriales completos en lugar de instalaciones aisladas.

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Por Editor

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