Imagina un mundo donde el conocimiento no fluye libremente, donde las maravillas del arte, la ciencia y la historia están encerradas tras muros altos, accesibles solo para unos pocos privilegiados. Así comenzó la historia de los museos, no como las instituciones públicas que conocemos hoy, sino como colecciones privadas, gabinetes de curiosidades de reyes, nobles y eruditos que atesoraban objetos exóticos, obras de arte y especímenes naturales. Estas colecciones, conocidas como Wunderkammern o cámaras de maravillas, eran símbolos de poder, riqueza y erudición, pero su acceso estaba severamente restringido. En la Europa del Renacimiento y la Ilustración, figuras como los Médici en Florencia o el emperador Rodolfo II en Praga acumularon vastas colecciones que mezclaban arte, ciencia y rarezas, reflejando una visión enciclopédica del mundo, pero una visión privatizada.

El giro hacia lo público no fue un evento aislado, sino un proceso gradual impulsado por ideales democráticos y educativos. La Revolución Francesa marcó un punto de inflexión crucial: en 1793, el Museo del Louvre abrió sus puertas al público, transformando el palacio real en un templo del conocimiento accesible para todos los ciudadanos. Este acto simbólico sentó un precedente: el conocimiento, como el poder, debía ser compartido. En América Latina, este modelo se adoptó con matices propios. En México, por ejemplo, el Museo Nacional (antecesor del actual Museo Nacional de Antropología) se fundó en 1825, poco después de la independencia, con el objetivo de preservar y exhibir el patrimonio prehispánico y colonial, fomentando una identidad nacional. Sin embargo, el acceso inicial seguía siendo limitado a las élites ilustradas, y no fue hasta el siglo XX, con políticas culturales masivas, que los museos se democratizaron verdaderamente.

Hoy, los museos enfrentan nuevos desafíos y oportunidades, especialmente en la era digital. La pandemia de COVID-19 aceleró una tendencia ya en marcha: la digitalización de colecciones y experiencias. Plataformas como Google Arts & Culture permiten explorar museos de todo el mundo desde casa, mientras que tecnologías como realidad aumentada (RA) y realidad virtual (RV) están transformando las visitas presenciales. En LATAM, instituciones como el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) o el Museo Nacional de Brasil han adoptado herramientas digitales para llegar a audiencias más amplias, aunque persisten brechas de acceso a internet y recursos. Este cambio no es meramente tecnológico; es filosófico. Los museos están evolucionando de ser depósitos de objetos a convertirse en plataformas dinámicas de diálogo y co-creación, donde los visitantes pueden interactuar, aprender y contribuir.

La sostenibilidad también se ha convertido en un eje crítico. Museos como el Museo del Mañana en Río de Janeiro, diseñado con tecnologías ecoeficientes, ejemplifican cómo estas instituciones pueden liderar en prácticas ambientales. En México, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) integra temas de sostenibilidad en sus exposiciones, reflexionando sobre el cambio climático y la justicia social. Esto va más allá de reducir la huella de carbono; se trata de educar al público sobre los desafíos globales, alineándose con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. La geopolítica cultural juega un papel aquí: en un mundo donde China y otras potencias usan museos como herramientas de soft power, LATAM debe fortalecer sus propias narrativas, preservando su diversidad cultural mientras se conecta globalmente.

Mirando al futuro, los museos podrían integrar tecnologías emergentes como la inteligencia artificial (IA) para personalizar experiencias o blockchain para gestionar procedencias de arte, temas relevantes dada la tendencia actual hacia activos digitales y autenticación. Proyectos como Factify, que busca dar a documentos digitales su propio ‘cerebro’, podrían inspirar nuevas formas de archivar y exhibir conocimiento. En LATAM, esto implica oportunidades únicas: desde museos virtuales que preserven lenguas indígenas hasta colaboraciones regionales que amplifiquen voces locales. La historia de los museos, por tanto, no es solo un relato del pasado; es una hoja de ruta para un futuro donde el conocimiento sea más inclusivo, interactivo y sostenible. Como sociedad, debemos apoyar esta evolución, asegurando que los museos sigan siendo faros de curiosidad y entendimiento para las generaciones venientes.

Por Editor

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