En una era dominada por los smartphones y la conectividad constante, donde cada persona parece llevar un dispositivo de comunicación en el bolsillo, México está tomando un camino sorprendente y aparentemente anacrónico. Mientras ciudades de todo el mundo retiran sus últimas cabinas telefónicas, considerándolas reliquias del pasado, en nuestro país se está llevando a cabo una iniciativa que busca precisamente lo contrario: instalar cientos de estas estructuras en lugares donde más se necesitan. Esta decisión, lejos de ser un capricho nostálgico, responde a una necesidad real y urgente en el panorama digital mexicano.

La empresa pública CFE Telecomunicaciones está liderando este esfuerzo con la instalación de 848 cabinas telefónicas, concentradas principalmente en el sureste del país, en estados como Veracruz, Oaxaca y Chiapas. Este proyecto, anunciado formalmente en febrero de 2024, representa una apuesta por cerrar lo que se conoce como la brecha digital, ese espacio que separa a quienes tienen acceso a tecnologías de comunicación y quienes no. En un país donde la penetración de smartphones no es universal y donde muchas personas, especialmente de generaciones mayores, no se sienten cómodas manejando dispositivos complejos, estas cabinas ofrecen una alternativa simple y accesible.

Lo más interesante de esta iniciativa es que las cabinas no son meros teléfonos públicos al estilo tradicional. Según la información disponible, estos dispositivos ofrecen conexión a Internet y permiten realizar llamadas internacionales, particularmente a Estados Unidos y Canadá, sin costo para el usuario. Esta característica es especialmente relevante en comunidades con alta migración, donde familias separadas por fronteras pueden mantenerse en contacto. La CFE ha establecido que el proyecto se realiza mediante convenios con autoridades locales, asegurando que la instalación responda a necesidades específicas de cada comunidad.

El contexto actual de las cabinas telefónicas en México presenta una paradoja interesante. Por un lado, según datos del Instituto Federal de Telecomunicaciones, en diciembre había aún 580,199 cabinas en el país, aunque esta cifra representa una disminución del 10.6% comparado con 2019. La mayoría de estas cabinas están bajo la operación de Telmex, con presencia también de otras empresas como BBG Comunicación. Sin embargo, muchas de estas instalaciones históricas enfrentan problemas de mantenimiento y obsolescencia, al punto que el Congreso de la Ciudad de México ha considerado retirar aquellas que están en desuso o que obstruyen el paso peatonal.

Esta situación plantea un desafío interesante: mientras algunas cabinas se convierten en obstáculos urbanos, otras están siendo instaladas con un propósito renovado. La diferencia fundamental radica en la planificación y el objetivo. Las nuevas cabinas de CFE Telecomunicaciones no aparecen al azar en las calles, sino que responden a un análisis de necesidades en comunidades específicas, particularmente en zonas rurales donde el acceso a la comunicación es limitado. Este enfoque estratégico busca evitar los problemas que han afectado a las cabinas tradicionales, muchas de las cuales permanecen en pie debido a acuerdos de los años noventa que dificultan su remoción incluso cuando ya no cumplen su función.

La discusión sobre la utilidad de estas cabinas en la era digital no está exenta de críticas. Expertos como Jorge Bravo, de la Asociación Mexicana del Derecho a la Información (Amedi), han expresado dudas sobre la efectividad de este modelo, considerándolo anacrónico en un momento donde las soluciones deberían apuntar hacia tecnologías más modernas. Bravo señala la falta de criterios claros para la instalación y cuestiona si realmente serán utilizadas, basándose en observaciones de cabinas existentes que rara vez ve ocupadas. Esta perspectiva plantea preguntas válidas sobre si la inversión en infraestructura física es el mejor camino para cerrar la brecha digital.

Sin embargo, los defensores del proyecto argumentan que su valor va más allá de las meras estadísticas de uso. En comunidades donde la señal celular es irregular o donde los costos de los planes telefónicos son prohibitivos, una cabina que ofrece llamadas gratuitas puede representar una línea vital de comunicación. Para personas mayores que nunca adoptaron la tecnología celular, para familias de bajos recursos que no pueden costear un celular, o para comunidades enteras que dependen de la comunicación con familiares en el extranjero, estas cabinas ofrecen una solución tangible e inmediata. No se trata de competir con los smartphones, sino de complementarlos donde estos no llegan.

El aspecto económico también merece consideración. Mientras en otras partes del mundo se discute el costo de mantener infraestructura obsoleta, en México se está invirtiendo en una solución que, aunque pueda parecer retroceder en el tiempo, responde a realidades económicas actuales. La conversión de costos es fundamental aquí: mientras en Europa se habla de euros, en nuestro mercado las referencias deben ser en pesos mexicanos o dólares estadounidenses. El proyecto de CFE representa una inversión pública que busca generar beneficios sociales más que ganancias económicas, un enfoque que refleja una comprensión matizada de lo que significa la conectividad en un país con desigualdades significativas.

La experiencia internacional ofrece lecciones valiosas. En España, por ejemplo, el proceso de retiro de cabinas telefónicas comenzó hace años, con muchas convertidas en poco más que soportes para publicidad o simplemente abandonadas. Este destino parece confirmar la narrativa de que las cabinas son reliquias del pasado. Pero México está demostrando que el contexto importa: lo que es obsoleto en una sociedad hiperconectada puede ser esencial en otra donde la conectividad es un privilegio, no una garantía. Esta diferencia fundamental explica por qué mientras unos países retiran, México instala.

El éxito de esta iniciativa dependerá de varios factores críticos. Primero, la ubicación estratégica de las cabinas en lugares donde realmente se necesiten, no solo donde sea conveniente instalarlas. Segundo, el mantenimiento adecuado para evitar que sigan el camino de muchas cabinas existentes que terminan vandalizadas o en mal estado. Tercero, la educación de las comunidades sobre la disponibilidad y uso de estos servicios. Y finalmente, la integración de esta solución con otros esfuerzos para cerrar la brecha digital, reconociendo que las cabinas son una pieza del rompecabezas, no la solución completa.

Mirando hacia el futuro, es posible que estas cabinas evolucionen más allá de su función original. Podrían convertirse en puntos de acceso comunitario no solo para llamadas telefónicas, sino para servicios digitales básicos, información local, o incluso como centros de carga para dispositivos celulares en comunidades con suministro eléctrico irregular. Esta versatilidad podría extender su utilidad más allá de lo previsto inicialmente, transformándolas de meros teléfonos públicos en infraestructura comunitaria multifuncional.

En el panorama más amplio de las telecomunicaciones en México, este proyecto representa un reconocimiento importante: la tecnología más avanzada no siempre es la más apropiada para cada contexto. Mientras empresas como Telmex, AT&T y otras compiten por ofrecer los planes de datos más rápidos y los smartphones más modernos, existe un segmento de la población para el cual estas ofertas son irrelevantes porque están fuera de su alcance económico o técnico. Para estas personas, una solución simple, confiable y gratuita como una cabina telefónica puede marcar la diferencia entre el aislamiento y la conexión.

La narrativa de progreso tecnológico a menudo asume que lo nuevo reemplaza inevitablemente a lo viejo. El caso de las cabinas telefónicas en México desafía esta suposición, mostrando que a veces lo aparentemente obsoleto puede encontrar nuevo propósito cuando se adapta a necesidades específicas. No se trata de resistir el avance tecnológico, sino de asegurar que sus beneficios lleguen a todos, incluso si eso significa emplear soluciones que en otros contextos parecen anacrónicas. En este sentido, la reinstalación de cabinas telefónicas no es un paso hacia atrás, sino un paso lateral hacia la inclusión.

Finalmente, este proyecto habla de una comprensión más humana de la tecnología. En un mundo obsesionado con lo último y lo más avanzado, México está recordando que la verdadera innovación no siempre está en el dispositivo más sofisticado, sino en la solución que mejor responde a una necesidad humana fundamental: la comunicación. Para una abuela que quiere escuchar la voz de su nieto migrante, para un campesino que necesita contactar a un comprador, para una comunidad que quiere organizarse para mejorar sus condiciones, estas cabinas representan más que tecnología: representan conexión, comunidad y cuidado. En este sentido, quizás México no está reviviendo el pasado, sino reinventando el futuro de la comunicación inclusiva.

Por Editor

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